Publicidad

Alain Delon

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Todos los caminos lo condujeron a aquel banco verde desvencijado desde donde veía lo que sus hermanas ignoraban.

Él, Pablo, no les hizo ninguna señal para advertirles sobre el hombre que se había sentado al lado. No les habló. Guardó aquel instante como una pequeña inmensa venganza. Lo arropó y sonrió, irónico, lamiéndose sus heridas, inventadas o no, y relamiéndose como un perro de la calle por su inminente victoria. Imaginó, soñó, despotricó en voz baja porque sí, la humanidad era un invento que había fracasado, porque sí, en el amor todos perdemos, porque sí, la vida era tener que vivirla. Las vio sentadas enfrente, indiferentes al mundo que las rodeaba, a las “verdades” del mundo, “sus” verdades, vestidas como todas, y las oyó conversar sobre el mismo tema de siempre, los hombres, el amor, el matrimonio, asuntos heredados, discutiblemente importantes.

Su rabia se había disparado por cualquier tontería, una camisa muy larga, una falda muy corta, una palabra vulgar. “Será que a la más profunda alegría me habrá seguido la rabia ese día, la rabia simple del hombre silvestre”, como cantaba Silvio Rodríguez. Con los minutos, aquella rabia fue cientos y miles de rabias, una multiplicidad de rabias que solían poseerlo. Entonces fue cuando llegó a la plaza del cine de la ciudad de San Sebastián y se enteró por voces y carteles sueltos de que estaban en pleno festival. Premios amañados, intelectuales que jugaban al intelectual, charlas como bengalas, salpicadas de frases y citas sin sentido, y actores que actuaban en la pantalla, y en los parques, las calles, los cafés, la casa, en el amor y hasta en el silencio.

De repente un hombre cruzó por detrás de donde estaban sus hermanas. Llevaba un diario en la mano y una manzana. Ellas no lo vieron pasar. Tampoco lo vieron sentarse en el banco de al lado. El hombre desplegó su periódico, tal vez para que no lo reconocieran. Ellas siguieron con sus temas. Unos minutos más tarde, el hombre se guardó en el bolsillo el diario. Pablo lo reconoció. Se frotó las manos, y empezó a contar los días, uno, cinco, 30, para revelarles a sus hermanas que aquella tarde de San Sebastián, Alain Delon se había sentado justo al lado de ellas.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido