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De niño le dijeron y le repitieron todos los días y durante años y años que la eternidad comenzaba cuando un solo pájaro hubiera llevado en su pico, grano tras grano, todos los granos de la arena y la tierra que había en el mundo hacia el otro lado del universo.

Y le dijeron y le repitieron que por un pecado, por un solo pecado, uno solo de sus pecados, sería condenado a vagar en el infierno durante toda aquella eternidad. Le hablaron de lenguas de fuego, de cuerpos pegachentos y sudorosos que lo rozarían, de gritos estentóreos, de almizcle, de olor a azufre, de insomnios sin fin, de insultos, burlas, hambre, sed, heridas, dolor, agresión, tristeza, culpa, martirio, remordimiento. Él no entendió, nunca entendió por qué el castigo por haberse robado unas galletas, o por no haber rezado un Padrenuestro, era tan tenebroso.

De niño le dijeron que por él, por sus abominables pecados, Jesús el Cristo había padecido y muerto en la cruz, y que su sangre y sólo su sangre lo libraría de los demonios. Le hablaron de la muerte como resurrección, y de la vida como muerte. Le dieron de comer en un pedazo de hostia el cuerpo de Cristo, y lo obligaron a ver a los sacerdotes que se bebían su sangre en inmensas copas de oro. Él no entendió, nunca entendió, pero tampoco preguntó. Tenía miedo. Miedo de pajarracos que lo sobrevolaban, de arena en sus picos, de tinieblas, de fuego, de sacrilegios. Miedo del infierno.

De niño lo arrodillaban por horas frente a un Cristo de mármol crucificado en una cruz y le exigían que rezara cuantas oraciones cupieran en una tarde. Él repetía sus rezos, más pendiente de no equivocarse que de comprender, pero había algunos que no se sabía bien y él no lo podía confesar. Por eso susurraba y le imploraba a aquel señor clavado en la cruz que entendiera sus palabras y lo perdonara. Su ignorancia era pecado, lo sabía. Y su pecado era condena y su condena era eternidad y la eternidad era el infierno y el infierno estaba siempre allí, latente, en una palabra, en una mirada, en el olvido, en el pensamiento, en sus fantasías, en sus faltas, en sus sueños. En los otros. En él.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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