Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El uniforme de colores amistosos, todos menos el negro y el gris, los horarios y el cumplir y solo cumplir las normas impuestas para producir los falsos sentimientos de amistad y amor que necesita el patrón, se los dejo a usted, mi querido vecino. Le dejo mis manuales para ser funcionario y funcionar, y las instrucciones de revista para ser ejecutivo y ejecutar. Funcione y ejecute. Siempre. Le dejo mi teléfono para que responda como un robot, “Compañía de las buenas costumbres y la amistad a su servicio, le habla Julio”, y le dejo grabado un profundo tono de hipocresía para que cuando cuelgue se haga el amigo de todos sus compañeros y los tutee, siempre y si se da la ocasión, que siempre se va a dar, y ya en la tarde, a la salida, los llame por su primer nombre, y si es posible, con un diminutivo, Tuti, Dani, Susi, Andi, Pabli, Lili, Tuqui.
Le dejo un documento sellado por varias autoridades y fimado por un Notario dueño de la verdad a quien nombraron para ciertos favores, en el que conste que con esos diminutivos usted va a ser amigo de sus compañeros, pues en últimas, hoy importa más lo que diga un documento que la palabra de alguien o los reales sentimientos de ese alguien, y usted va a seguir trabajando para La compañía de la amistad, donde todos van a ser amigos y como amigos cantarán Yo quiero tener un millón de amigos.
Le dejo mi amistad, de paso, para que haga con ella lo que prefiera, pues fue una más de las amistades pura cara de sonrisa, puras maneras de manual que se producen en nuestra compañía, y que vendemos a las distintas empresas del país. La verdad, mi amistad fue un adorno, que sumada a la suya, a la de los otros trabajadores del edificio y a las que hemos logrado conseguir en el país, da millones de adornos, que como adornos no tienen nada por debajo. Son humo. Humo lindo, si quiere, pero humo. Le dejo mis secretos para convencer a los escépticos de la amistad: Amabilidad, tono dulce, cálido, palabras hermosas, movimientos suaves, piropos bien medidos, no vaya a ser que lo denuncien por acoso, y sonrisas para todos los gustos.
Usted debe sonreír siempre, no lo olvide. En lo posible, ensaye su sonrisa frente al espejo, y sonría aunque vea en la pared de un cliente la cara de Satán, que si el fin es la amistad, es preferible parecer idiota a ser usted mismo, y si de tanto parecer idiota se vuelve idiota, tanto mejor. La idiotez es esencial en las relaciones de amistad de estos tiempos. Que nadie dé su real opinión, que nadie cuestione, que nadie vaya contra la moda, que nadie levante la voz y nadie piense.
Haga sentir al cliente como si fuera de su familia. Dígale Mi Juli, por ejemplo, para acercarlo, para que sienta que todos somos iguales, que da lo mismo Borges al burócrata de turno, y por supuesto, cuide su ropa, sus uñas, el pelo y su carro para hacerle creer que usted es un triunfador, porque en últimas, las amistades de hoy son eso: amistades triunfadoras.