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Censúrelo. Saque sus textos o sus palabras de circulación porque no dicen lo que usted quiere que digan y, después, en entrevistas para la prensa, declare que ama la libertad y que todo lo que hace lo hace por libertad, y no se preocupe porque los periodistas crean que es cierto o no, pues hace tiempo ya que no es de buen gusto contrapreguntar, dudar, controvertir. Pinte una cruz roja sobre su nombre, y ya que está de moda la mezquindad, línchelo por sus redes sociales, que es más fácil y efectivo insultar a la distancia sin dar la cara, protegido por un selecto grupo de áulicos, que debatir en persona.
Difámelo. Ponga en su boca palabras que no ha dicho y evite los contextos. Calúmnielo, que de la calumnia algo queda, como decía un viejo político, pues nadie se va a preocupar por encontrar las pruebas que la desmientan, y si las encuentra, nadie se va a poner en la tarea de verificar lo que ocurrió o no ocurrió. Como dicen, el que pega primero pega dos veces, y yo diría que mil veces.
Júzguelo. Cúlpelo de su negligencia, de no haber sido capaz de superar los obstáculos que se le presentaron en el camino, los días difíciles, los dolores, los amores frustrados, las derrotas, y sume su nombre, con el tachón incluido, a los millones de nombres que históricamente lo hicieron ser quien es y llorar lo que llora. Lleve las discusiones de fondo a confusiones retóricas y a entuertos gramaticales para alejarlo de lo esencial, pues, por lo visto, en estos tiempos importan más las formas que el fondo.
Denúncielo. Invéntese cualquier historia sobre él y llévela ante un sagrado tribunal compuesto por jueces elegidos por usted, con testigos elegidos por usted y falsas pruebas plantadas por donde usted quiera, para que no haya margen de error, y condénelo a la pena que considere de su buen gusto, porque, en últimas, lo que le importa a usted es encontrar un culpable que justifique su lucha disfrazada de igualdad y solidaridad, aunque en la búsqueda caigan mil inocentes.
Prohíbalo. Dentro de su idea de libertad, llene los códigos y las calles de prohibiciones para que su contradictor y todo el mundo hagan lo que usted decida e imponga, pues en su libre saber y entender sólo hay espacio para defender su libertad, no las otras libertades. Ya sabemos: quien se atreve a pensar es un peligro. Castíguelo para que los demás sepan lo que les espera si siguen sus pasos, fíltrele a la prensa cualquiera de sus tontas salidas de tono, muéstrelo como un imbécil, y si está en sus manos o en las de algún poderoso amigo suyo, llénelo de trabajo, horarios y metas para que no tenga tiempo ni de reflexionar ni de actuar.