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A usted lo dejaron en una escuela, con una pelota de fútbol y un montón de libros que debía aprenderse de memoria, sin importar si los comprendía o no, y sin interpretarlos.
Con la pelota y los libros debía dominar el mundo, esas fueron las premisas que le transmitieron, y esos fueron sus juegos infantiles, pero a usted también le dijeron por debajo de cuerda que para dominar el mundo debía pisotear a muchos otros, apartarlos de su camino, y más por debajo de cuerda le inculcaron la necesidad de subir en el escalafón social, aunque ese subir usted ya lo llevaba consigo. Desde arriba, y sólo desde arriba, podría dominar al resto, imponerle sus condiciones, le dijeron. De mentira en mentira, de golpe en golpe, cuchillada tras cuchillada, transando siempre con quienes debía transar y llamando a eso “política”, usted ascendió, y en ese camino apartó, eliminó y olvidó a muchos, incluso a mí, pues en últimas los sujetos que podrían confrontarlo pasaron a ser sólo moscas para usted. Todos eran y fueron prescindibles.
Fue usted quien propagó la gran frase de que en política todo es válido, y quien multiplicó las burlas hacia aquel que calificara la vida y la honestidad como sagradas. En su ascenso repartió dineros para que los periodistas dijeran lo que usted les ordenaba, para que se burlaran de lo que usted se burlaba, consciente de que la burla destruye más que la infamia, y repartió más dineros para que lo condecoraran, le dieran títulos honoris causa y le erigieran pedestales. Por supuesto, con el respectivo despliegue en periódicos y revistas, y acompañado por algunos de sus cómplices, con quienes tomó profundas decisiones en cocteles, porque fue con un whisky en la mano que organizó homenajes para grandes defensores de la patria, que eran en realidad defensores de su terruño, y fue con un whisky en la mano que encumbró a poetas y pintores, los artistas de la corte, y, lo peor, fue con un whisky en la mano que usted decidió cientos de muertes amparado en un discurso de democracia.
Porque usted, la verdad, siempre se inventó un discurso que disfrazara sus verdaderas intenciones, o sus reales conveniencias, y se lo creyeron. Disfrazó de ideología y bien común lo que sólo era conveniencia, y pretendió que calificaran de grandes, de enormes, sus obras, siendo en realidad usted mínimo, muy mínimo, tan mínimo e ínfimo que ni cuenta se dio de que yo, su compañero de escuela, el niño a quien le hacía la vida imposible, era y fue el que lo creó a usted, el que lo manipuló y elevó, y el que hoy, sentado en un sillón y con un whisky en la mano, lo incluye en la lista de los prescindibles.