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El Caminante

Con una frase la vida cambia

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Cuántas veces, en medio de la amargura, el sinsentido y mil sensaciones más, uno comienza a escribir y una frase, una sola frase lo salva, y entonces la vida vuelve a colorearse, así los colores sean muy oscuros, y uno se miente de nuevo, aún a sabiendas de que se está mintiendo, sin que importe demasiado si las razones que se inventa para seguir y luchar sean ciertas o no. Y una palabra lo lleva a uno la otra, y uno se imagina que algo similar les debe ocurrir a los músicos y a los pintores, y en fin, a todos los artistas y a los creadores, y se pregunta, de nuevo se pregunta, como lo hizo miles de veces antes, por qué si ha comprobado una y otra y otra vez que con una frase la vida cambia, no lo hace cada vez que el mundo y la vida parecen derrumbarse.

Y uno escribe, y escribiendo “uno vuelve siempre a los mismos sitios donde amó la vida”, como cantaba Mercedes Sosa, y escribiendo “uno busca lleno de esperanzas”, como el tango de Santos Discépolo, y escribiendo uno vuelve a ser niño, y a jugar como niño, y adolescente, y amado y amante y olvido y recuerdo y fantasma, y con las palabras y las imágenes que surgen de las palabras, una sombra vestida de años 50 fumando en una esquina un cigarrillo a medias, y un fabricante de relojes en el Siglo XIX, y un revolucionario en los 60 y un esmirriado poeta de mil novecientos treinta y algo, y uno escribe, y escribiendo muere y mata y cobra venganza y canta bajo una fina llovizna de abril, y mientras vuela, olvida las amarguras y los sinsentidos.

Y si el pulso se acelera, uno ni se da cuenta, y si las tripas resuenan por el hambre, uno se dice, se miente de nuevo, y escribe que para contar el hambre en un párrafo hay que vivir el hambre unas cuantas horas o días, y el desamor se traslada de la vida al papel, e incluso uno se siente dichoso de ese desamor, porque el desamor y no tener un peso, las deudas y la vecina que sale gritando en bata por la portería del edificio protestando porque alguien encendió un cigarro son vida para escribir, son obra, y escribiendo uno realmente cree que lo único que existe en la vida es lo escrito, y que lo escrito es la gran verdad del universo. Sólo escribiendo uno juega con toda la seriedad de los juegos importantes a ser dios.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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