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Somos tan estúpidos que nos creemos inteligentes, y así hemos ido por la vida en un eterno juego de contradicciones.
Inventamos el papel para dejar constancias sobre lo ocurrido y ponernos de acuerdo sobre asuntos esenciales, pero nuestras constancias fueron tergiversaciones de sucesos y personajes, y terminamos aprendiendo y creyendo lo que leímos que había ocurrido, es decir, lo que algunos quisieron que leyéramos y creyéramos, y nuestros acuerdos sobre lo esencial pasaron a ser desacuerdos sobre lo superficial, porque matamos e hicimos la guerra por unos billetes que eran sólo fe, por unas nacionalidades de fronteras incomprobables y unos dioses invisibles, que, si existieron, hace siglos nos dieron la espalda, decepcionados de lo que hicimos con nuestro libre albedrío.
Inventamos el reloj y los calendarios para organizar nuestras jornadas, pero con el tiempo nos esclavizamos a su tiempo, creímos en serio que ese tiempo es oro, y nos embutimos en cubículos de un metro cuadrado para producir de 8 a 5 un oro que nunca vemos, de lunes a viernes, todas las semanas de todos los años de nuestra vida, malgastándonos ante un computador y arrancando las hojas de un tedioso calendario, a la espera de una jubilación. Los relojes nos persiguen; los almanaques nos atacan. Huimos de ellos, atrapados en una absurda carrera de la cual siempre salimos vencidos, pero nos entregamos a ellos todas las mañanas, desde que suena el despertador, y a su ritmo y en su ritmo sepultamos pasiones, sueños, luchas, olvidando que los momentos que le dan algún sentido a la vida no tienen tiempo.
Inventamos los números y terminamos siendo un número. Inventamos la justicia y terminamos en la injusticia. Creamos el juego, olvidamos jugar y caímos en su trampa. Creamos el bien y el mal, el bueno y el malo, y nos condenamos en absolutos moralismos. Inventamos las palabras y limitamos la vida y sus millones de matices a significados, dejando por fuera lo que no está en los diccionarios. Inventamos la educación y acabamos alienados. Creamos el arte y encumbramos a sus críticos. Industrializamos al mundo e intoxicamos el planeta. Construimos las ciudades y multiplicamos el hambre. Alienados, intoxicados, convertidos en números, prisioneros de nuestras leyes y nuestras trampas, exhibimos en inmaculadas paredes nuestros títulos, premios y diplomas, pues creemos que allí está la certificación de nuestra inteligencia.