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Culpa

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Habrá sido la culpa la que la destruyó, la culpa que desde niña fue atormentándola porque no hacía bien una tarea, porque comía demasiados chocolates, porque jugaba hasta muy tarde, se acostaba a dormir sin haber rezado, no había lavado los platos o se le había ensuciado una blusa. La culpa, culpas pequeñas que luego fueron más grandes. Culpas de amor y de desamor, culpas por no ser como lo pretendían sus padres, sus hermanos, los profesores, las tías, la sociedad, dios y los santos. Culpas de pensamientos oscuros, como si esos pensamientos no surgieran de ella, un simple ser humano como todos los que la señalaban.

Fue culpable de sentir envidia porque los mandamientos lo prohibían, y luego, de decir que los mandamientos iban en contra de la naturaleza humana. Fue culpable por callar cuando los demás opinaban que debía hablar, y viceversa. Fue culpable del primer beso, del segundo y el tercero, porque los besos eran una tentación del demonio, y no una de las pocas partes rescatables y nobles de ser humana. Fue culpable después de no haber amado como se lo exigían sus novios, su familia y demás, según las conveniencias de todos ellos, y en su propio provecho. Cuando rompió sus ataduras, la señalaron con sus dedos finos y educados como a una criminal.

Fue culpable por sentir envidia, celos, por ser egoísta, por desear al hombre del prójimo, por no ser hacendosa y no saber bordar ni tocar el piano. Bajo las cobijas, concluyó que lo grave no había sido sentir envidias ni celos ni querer matar, sino haberse dejado llevar por sus instintos, desbocarse desde su humanidad. Entonces apeló a la voluntad, su voluntad, como la única medida válida para sus actos, pero la voluntad, pensaba, estaba signada desde un principio por la voluntad de sus padres, de sus profesores y vecinos, de todos los que le habían inculcado un bien y un mal, que en definitiva no eran ni su bien ni su mal.

Su perfecta lógica, sus razonamientos, sin embargo, no la salvaron de las culpas. La vida era más, mucho más que una suma, y muchísimo más que cerebro. Lo que no tenía explicación era más fuerte que lo deducible, y la culpa, un atormentado presente al que jamás pudo derrotar.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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