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Culpable de nada

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Fue para jugar y dejarme llevar por el azar.

Los dados fueron marcándome un camino, 3, 6, 4, 12, 5, y ese camino me llevó de un estante a un libro, de ahí a una página, a un renglón y a una palabra, y la palabra fue sugerir. Recordé a un antiguo amigo, profesor de literatura medieval, para quien la literatura era sugerir, y me recordé sentado en un andén sin entender qué significaba aquello de sugerir. Luego fui develando el enigma y comprendí que sugerir era una manera de respetar al lector, de confiar en su inteligencia. Comprendí que fuera de las letras, quien lo decía todo con mil puntos y comas sugería que el otro era un imbécil, y caí en cuenta de que los hombres de armas, los hombres de uniformes y rangos, y los de leyes, eran hombres de puntos y comas, de artículos, de incisos, que justificaban su precisión pues una orden mal impartida o una orden a medias podía terminar con varios muertos o presos, o con los muertos y presos que ellos no habían presupuestado.

Fue entonces cuando vi un camión verde del ejército que pasaba por la calle de mi casa, repleto de puntos y comas, y sobre todo, de puntos finales, y vi a los soldados que iban en la parte de atrás, con sus metralletas listas, que me miraban como si yo fuera culpable, porque para ellos todos éramos culpables. De subvertir un orden, de atentar contra las instituciones, de lo que fuera, pero siempre culpables, siempre enemigos. Tarareé Los dinosaurios, de Charly García, Los amigos del barrio pueden desaparecer, y aquella canción me dio fuerzas para devolverles la mirada. Eran sus decenas de miradas de odio contra la mía, que más que de odio era de desafío. El camión desaceleró. Yo pensé en otra de esas frases que me daban fuerza, Prohibido olvidar, e imaginé, como en una novela de Daniel Ferreira que leía, las balas, los muertos, las vejaciones, las humillaciones y arbitrariedades que se condensaban en ese vehículo, el vehículo del autoritarismo disfrazado de autoridad y democracia.

Luego de algunos metros de carreteo, de unas órdenes que no entendí, el camión se detuvo. Millares de puntos y comas y de puntos definitivos me nublaron. Detrás de ellos aparecieron dos oficiales, con los soldados en guardia. Yo era un punto suspensivo. Levántese, me ordenaron. ¿A qué se dedica usted? Mientras los observaba, mitad hombres y mitad puntos, les expliqué que trataba de entender qué significaba sugerir. ¿Ustedes lo saben?, les pregunté. El oficial de más estrellas hizo un ademán de prepararse para una batalla y todos sus hombres lo imitaron, en un sincronizado movimiento que sonó a hierro. Hierro las armas, hierro las botas, hierro el aliento. Usted le está faltando el respeto a un representante del orden, la autoridad y la democracia, y esa falta puede acarrearle unos cuantos meses en prisión, dijo. Por lo menos, ya voy entendiendo lo que es amenazar, le respondí.

Esa noche, casi de madrugada, ya en el calabozo anunciado, y en un libro de Eduardo Galeano que otro detenido me prestó, pregunté por tres números. Me dijeron 9 y 6 y 3, y abrí la página nueve y busqué la sexta línea y llegué a la tercera palabra: patria.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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