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Y fue de pronto que nos percatamos de que nos habíamos quedado sin tiempo, de que unos hombres de gris, como aquellos de Michael Ende en Momo, nos lo habían robado.

Fue de sopetón, como escribían en las caricaturas, que cambiamos el pufff, splashhh, powwww, por el enter, el play y el send, y enviamos los sueños de jugar a ser caricaturas a una nube virtual, y los anhelos y las conversaciones y hasta los besos se volvieron virtuales. Nos quedamos sin tiempo porque nuestro tiempo lo invertimos, en lugar de disfrutarlo. Lo volvimos dinero, acciones, cuentas, y validamos y justificamos así, una y mil veces, aquel adagio de que “el tiempo es oro”, aquella premisa que nos inculcaron quienes lograron que nuestro tiempo, que es decir nuestra vida, fuera su oro.

Y nuestro tiempo fue su oro.

Y comenzamos a llegar tarde a ninguna parte, pues ni siquiera sabíamos a dónde íbamos. Como autómatas, marchamos en horarios que nos impusieron, de ocho a cinco y una hora para almorzar, de ocho a cinco y 15 días de vacaciones, de ocho a cinco y a marcar tarjeta. Ni un minuto más tarde, señor. De ocho a cinco, sin tiempo para un helado, sin tiempo para un libro ni para conversar sobre una puesta de sol. Como autómatas, marchamos luego hacia la casa en interminables hileras de carros y buses para llegar a tiempo a la comida que nos sugirieron en los comerciales; al fútbol que, nos dijeron, era la patria; al noticiero que nos indicaba quiénes han sido los buenos, y quiénes, los malos, y a la novela que multiplicó la forma de vida del ocho a cinco: el matrimonio, los hijos y la casita.

Como robots, pasamos a las buenas noches, a un gélido beso de felices sueños, y dormimos las ocho horas que también nos dejamos imponer, tal vez soñando que hubo un tiempo en el que el hombre era libre de horarios, de dineros, de trabajos, y al trabajo aún no lo habían manchado con un salario. De ocho a cinco en el día, de diez a seis en la noche, y esperar la muerte.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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