Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La calle ni siquiera está inscrita en las oficinas de nomenclaturas, pero es una calle.
Calle de barro, de fango, de pasto, calle de paso y de pasto para las vacas y los perros, para los caballos que se tiran a dormir a las seis de la tarde. De vez en cuando, cada uno o dos días, transita por ahí un carromato, un jeep cargado de frutas, un camión repleto de heno. No hay casas por ahí. Apenas un colegio de monjas y de alumnas con uniforme verde. Son los años 60.
La calle muestra en una casona recién construida un deslumbrante letrero que dice calle 109. Hay unas cuantas casas de una planta larga, con jardines y vidrios relucientes, unos cuantos vecinos que caminan por ahí o juegan al fútbol porque no hay riesgos, y los mismos perros o caballos o vacas de antes con sus descendencias. Una mujer camina por los andenes y grita en tono de cántico “botella pepeeeeeel, booootella papeeeeeel”. Lleva un costal al hombro, y envases de vidrio y periódicos y naranjas, y a las cinco de la tarde, cuando salen las niñas del colegio, las abruma con sus historias y consejos. Son los años 70.
La calle se llena de semáforos, casas, restaurantes y tiendas. Hay una que otra peluquería, y uno que otro gimnasio. En Navidad, casas y negocios compiten para ser la más linda de la cuadra. En una esquina, una casona se estira y se adorna, y de ella entran y salen sujetos vestidos de blanco impecable. Son los años 90.
La calle parece haberse transformado en una sola esquina, la de los adornos y los árboles multicolores. Hay enanos, ciervos y siervos, Blanca Nieves, osos polares y de anteojos, estrellas y bombas. La gente se aglomera para ver, para tocar, sacarse fotos y comer fritangas. Hay humo de mazorca asada, puestos de perros calientes, buses de excursionistas, tumulto, gritos, fiesta. Es el Siglo XXI.