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Desatarnos. Romper todas y cada una de las sogas y cadenas que nos inmovilizan. Destrozar las palabras que nos dijeron, los mandamientos con los que nos amenazaron, las verdades de esos otros, que en últimas siempre han sido y serán otros. Otros lejanos, otros distantes, otros en sus mundos, con sus intereses, con sus mentiras y sus disfraces.
Otros que, como todos los humanos, son potenciales enemigos, sombras que van por la vida buscando el momento para clavar un cuchillo oxidado y sacar beneficio de ahí. Otros, mezquinos; otros, ladinos; otros, cobardes, ocultos bajo discursos de equidad, solidaridad, humanidad y mil palabras más terminadas en dad. Otros, siempre al acecho de una presa, porque el infierno son los otros, como decía Sartre, y nosotros somos el infierno de los otros.
Desnudarnos. Mirarnos al espejo y comprender que la perfección es sólo un ideal, un absurdo ideal impuesto que nos roba las pequeñas alegrías de ir por el camino y de construir un camino. Vernos, escudriñarnos, escribir con un labial que la verdad, nuestra verdad, es lo importante, aunque por esa verdad haya que odiar a nuestro amigo y amar a nuestro enemigo, como decía el filósofo. La verdad, nuestra verdad desnuda, sin risas ni canciones ni libros ni películas que nos distraigan, sin justificaciones ni maquillajes, sin más miedo que el miedo que pueda desprenderse de lo que en esencia somos, y somos vanidad y envidia, y pulsión y hambre, y dolor y ausencia y soledad, y un poco de bondad y algo más de voluntad y eso que llaman amor.
Rasgarnos. Romper nuevos y viejos lazos para concluir que querer, yo te quiero, es una palabra vacía que pocas veces va acompañada de lealtad, solidaridad, sacrificio. Abusamos de ella y abusan de nosotros, aunque tanto abuso jamás sea tipificado como delito, porque los abusos más dolorosos, los lentos, repetidos, como gotas de lluvia, jamás son delito, simplemente porque quienes multiplican esos abusos son los mismos que hacen las leyes. Repetimos te quiero, te quiero, pero sólo queremos cuando hay diversión, risas, trago y festejos de por medio. Queremos los pétalos, no las espinas. Queremos la fiesta, no la resaca. Queremos el perfume, y somos tan ruines que hasta al olor y su recuerdo les hemos puesto un precio y una marca.