El caminante

Desnudarte

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Ahora que recuerdas, ahora que escribes para recordar, retrocedes a viejos tiempos que parecían pintados en blanco y negro, y desde el blanco y desde el negro, desde el bien y desde el mal, te devuelves, perseguida por palabras que se repetían día a día, como educar, enseñar, corregir, y las pronuncias y su tufo te provoca náuseas. Las repites, como las repetiste durante tantos y tantos años, metida en un tren blindado sin rumbo, y de tanto repetirlas vas comprendiendo que sí, que te educaron, te enseñaron, te corrigieron para hacerte una más de su cuadrilla, y para que entendieras, a los golpes si era preciso, la imperiosa necesidad de obedecer.

Ahora que recuerdas, te indignas por la petulancia de quienes te educaron, te enseñaron y te corrigieron, y no contentos con eso, te obligaron a obedecerles. Ahora que escribes, te fastidias y desglosas las palabras, sus significados, la arrogancia que se esconde detrás del te educo, te corrijo y demás. Revives los catecismos, y eliges, casi a los gritos, cambiar esos catecismos, la educación y la enseñanza por el dejar ser, y transformar el yo corrijo por el yo sugiero. Te van a decir anarquista, pseudo liberal, pseudo revolucionaria, y te van a señalar por donde vayas.

Van a acusarte de mil cosas, entre ellas, de ser rebelde sin causa y revolucionaria de alto abolengo. Tú responderás una vez más, como me comentaste alguna tarde, que los revolucionarios vienen de arriba generalmente, y que por haber estado allá arriba conociste de primera mano los manejos y las comodidades y las intenciones de quienes mandan, y por supuesto, sus artimañas. Responderás que quien viajó en Rolls Royce ya comoció el Rolls Royce y no se va a dejar tentar por uno, y concluirás que las teorías del orden y la organización ya han dejado demasiados muertos en el camino. Han fracasado, añadirás, y dejarás abierta la opción de la anarquía.

Evocarás a Diógenes Laercio, quien buscaba un hombre, sólo un hombre y nada menos que un hombre, y querrás ser una mujer, sólo una mujer, arrancándote los disfraces y las máscaras, el manual de instrucciones y las herencias y las lecciones de bien que te dieron los dueños del bien. Y querrás desnudarte, por supuesto, pero eso no te lo enseñaron jamás.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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