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Un día guardé algunas revistas en lo más profundo del último cajón de mi armario, y mientras les buscaba sitio, encontré un montón de recortes ya amarillentos. Poemas, fotos, cartas, y un texto que había escrito un entrenador de fútbol que yo recordaba siempre con un cigarrillo cosido a la boca. El texto empezaba con una frase que decía algo como Hoy es el día más triste de mi vida. Luego explicaba que pese al título del mundo que acababa de obtener, todo era lúgubre, denso, pues había comprendido que después de aquel triunfo no había nada. El día después de haber llegado a la meta lo había aniquilado. Ya no tenía razones para levantarse todos los días a trabajar por un sueño, y aquellos tipos con quienes había luchado por cuatro años, con sus mañanas, tardes y noches, ya no estaban.
Cuando leí aquella confesión por vez primera, pensé que el tipo, César Luis Menotti, era un demente, que no podía ser que estuviera triste luego de haber sido campeón del mundo. Sin embargo, cada tanto volvía al escrito, a la primera frase, a la nada que quedaba luego de las metas, a las metas como fin último de la vida y a la desazón que surgía luego del final, o mejor, luego de todos los finales. Entre idas y vueltas, fui comprendiendo que eran las concreciones las que nos perdían, pues concretar algo era dejar de luchar por ese algo. El supuesto triunfo era en realidad, derrota. Un beso dado, por ejemplo, era la concreción de un sueño de días, semanas, meses e incluso años, y era, a la vez, una meta cumplida, que por cumplida, eliminaba la ilusión y la lucha por conseguirlo. Concretar un amor, una obra, un trabajo, eran una especia de muerte, aunque sonara a absurdo.
Luego alguien me leyó un poema de Constantino Kavafis que hablaba del camino, de los caminos, de Itaca, “Itaca te brindó tan hermoso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene ya nada que darte”. Un beso era la satisfacción de un beso, y quizás el recuerdo después, pero nada más. No tenía ya nada que darme. Un llegar a destino era deslumbrarse un instante y tomar unas cuantas fotos, pero nada más. La lista de metas cumplidas que no tenían ya nada que darme era infinita. Los instantes posteriores a lo cumplido, a lo hecho, a lo logrado –fuera diploma, fuera premio, obra o beso–, me llevaban al vacío. Me llevaron al vacío, de donde sólo pude salir de cuando en cuando y en esos momentos en los que logré empezar algo de nuevo.