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Libros perdidos, libros mentira, libros puñal, libros que por una frase nos cambiaron la vida, libros que en sus ficciones fueron más verídicos que la realidad, y libros sobre hechos reales que en medio de sus datos, documentos, retratos y citas nos engañaron.
Libros estigmatizados porque mataron a Dios, y libros multiplicados en cientos de miles de ediciones porque nos dijeron qué debíamos hacer, pensar y sentir, de acuerdo con los intereses de quienes eternamente han manejado el mundo. Libros de texto, pagados por el establecimiento para que contaran una historia, la conveniente historia de que fueron ellos, los dueños del establecimiento, quienes hicieron La Historia, y libros cartillas que nos legaron sus palabras, sus frases y posturas. Libros memoria que relataron parte de lo que ocurrió y fueron escondidos, deshojados, quemados, olvidados, y libros de olvido que nos promovieron en diarios, revistas y noticieros porque eran reseñas de los personajes que debíamos imitar, personajes bien, personajes inmaculados, personajes ejemplo, como sacados de películas de Hollywood, con un bueno muy bueno y unos malos muy malos.
Libros mágicos que en un principio desechamos, pero luego leímos una, tres, diez y cien veces y en cada nueva lectura nos dieron una nueva verdad esencial, y libros por los que caminaban, impunes, los vendidos de siempre, los soplones, los mercaderes de sueños, los asesinos de ilusiones, y la mujer informante que sólo conversaba con aquellos que podían ascenderla. Libros copiados de otros libros, y libros como los que pedía García Lorca aunque tuviera hambre y sed, “libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón”. Libros sabios escritos con la sabiduría de la calle y del barrio, de la vida, de los caminos, de los ancianos, y libros disfrazados de sabiduría, escritos sobre otros libros que se disfrazaron de sabiduría y fueron potenciados como sabiduría porque estaban firmados por académicos. Libros repletos de pomposas palabras que no decían nada, y libros sencillos que lo decían todo. Libros perfectos y vacíos, e imperfectos libros de dudosa ortografía con personajes y tramas que nos hicieron delirar. Libros dibujados, libros de fotografías, libros de muñecos, y vetustos libros de críticos sobre críticos que decían que tal o cual libro era de escritores sobre escritores y para escritores.
Libros prohibidos por los prohibidores, cuya política de estado fue mantener en la ignorancia a los demás y hacer de la cultura un asunto suntuario, y libros que son finales del juego, como el de Cortázar, porque la vida es juego y el juego debe ser andar y andar sin importar triunfos o derrotas. Libros de poetas que hicieron poesía para salvarse y no lo lograron, y libros de poetas que escribían poemas por encargo, sumando palabras a otras palabras. Libros que tacharon porque eran para adolescentes, como si por eso no hubieran abierto puertas y llevado a otros libros, y libros cultos que se leyeron para gritarle al mundo que se era más inteligente. Libros que mataron, libros que humillaron, y el libro inconcluso que me da un motivo para levantarme todas las mañanas.