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Yo también creí en las grandes verdades, en los perfectos absolutos. Yo también creí en lo que ustedes, señores, me transmitieron como dado, inmodificable, eterno.
Y heredé sus verdades, que eran las verdades que ustedes heredaron de otros herederos. Sin embargo, eso dado y eterno, comprendí con los años, no era tan dado y eterno, y era, es, modificable. Eso dado y eterno, dios y los santos, el infierno y el paraíso, el bien y el mal, eran creaciones “humanas, demasiado humanas”. Y no había Arte, entendí, había artistas. Y aquella Justicia de la que me habían hablado en mayúsculas también, era la suma de cientos de miles de señores que impartían justicia, y a veces no la impartían, e incluso a veces jugaban a impartirla a cambio de un favor, dos pesos, un cargo.
Creí en la verdad, pero luego me di cuenta de que la verdad eran varias verdades. De que una era la verdad que en sus discursos promulgaban los señores que manejaban el mundo, y otra, la verdad verdadera por la que actuaban o hablaban. Aquella era siempre lógica, desinteresada, altruista. Ésta, en cambio, era vanidosa, soberbia, y estaba ligada a claros intereses, generalmente económicos. Y así ocurría hacia abajo con los presidentes, los generales, los ministros, los congresistas. Decidían algo porque les convenía, firmaban una ley para ello, pagando o extorsionando, y salían a comentar que se necesitaba por bla bla bla. Los medios, cómplices e interesados también, difundían la ley que “transformará el estado de cosas”. Nada cambió.
Creí en el AMOR, con todas las mayúsculas, pero tampoco había un amor absoluto determinado por los dioses, había amantes, personas que aman, y cada quien lo vivía a su manera, como podía o como quería o como lo dejaban. El amor no era un conjunto de reglas de manual escrito por una divinidad, según el cual todos teníamos que actuar, y por lo tanto ser iguales, y besar y sufrir y callar y amar de la misma manera. No, no había ni hay un Amor, había y hay miles de millones de amores. Y no, mil veces no, no había ni hay una literatura, hay escritores. Y no hay periodismo, hay periodistas.
Creí en los mandamientos, pero después me convencí de que esos mandatos tenían una intención, y con el tiempo fueron utilizados en provecho de unos pocos, de ustedes. “Amarás”, decían, como si amar fuera una obligación, y no amar, una afrenta . “No desearás”, decían, como si desear no fuera natural. “No robarás”, decían, y encarcelaban al que se robaba un pan, pero le hacían venias al que se robaba y se roba el erario público. “No matarás”, decían, pero ellos y ustedes mataban y mataron y matan bajo el pretexto de defender una patria que crearon y unas instituciones de las que viven, con un ejército al que volvieron necesario y autoritario, simplemente porque, esencialmente, los defiende a ustedes y su tierra.
Hoy sé que todos sus absolutos fueron relativos. Que como absolutos, cumplían y cumplen la función de mantener el estado de las cosas y preservan sus privilegios. Como relativos que son, no obstante, pueden modificarse, y esa modificación depende de que nosotros, de este lado de la acera, decidamos dudar, rebelarnos, levantarnos un día y botar a la basura el manual de verdades que ustedes nos legaron.