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Comprendí que la gente se moría, por una foto de periódico la primera mañana de mi vida en la que me escapé del colegio. El diario colgaba de una especie de hilo, contra la puerta de entrada de una tienda del barrio Teusaquillo. Quienes pasaban se detenían a mirarlo.
Leían el titular: “Asesinado Robert Kennedy”, dos o tres líneas más que relataban su muerte en Los Ángeles, y soltaban un comentario de dolor o de indignación. Entonces continuaban, como en una procesión. Yo aguardaba el intervalo preciso para hacer lo mismo, pero cuando tomaba impulso me detenía casi de inmediato, pues lo más seguro era que no alcanzara ni a rozarlo. Pensé comprarlo, pero concluí que ningún tendero del mundo le iba a vender periódicos a un niño de cinco años.
Si preguntaba por ese señor tirado en el suelo, la frente cubierta con un mechón de pelo, un ojo semicerrado y un rosario entre las manos, me responderían eso, que era un señor, un político, y yo no entendería nada, por supuesto. Alguna compasiva mujer me diría que rezaba, “nené, estaba rezando por ti y por mí para que nos vayamos al cielo”. Los adultos con sus mentiras, pensaba yo, siempre convencidos de que por ser niños no entendemos nada. Era cierto, recuerdo hoy, que por aquellos años yo le ponía piedritas debajo de las ruedas al carro de mi padre para que no se fuera a trabajar, y nunca entendía quién y cómo las quitaba, pues él siempre se marchaba. Era cierto, también, que como me lo confesarían mis hijos después, cuando los mayores me decían que tenían que hacer unas “vueltas”, yo me devanaba los sesos imaginando las razones por las que debían dar tantas vueltas. Demonios de Tasmania en corbata y sastres.
Sin embargo, ese día yo comencé a ser adulto, no tenían que mentirme más. Comencé a ser adulto pues comprendí que los humanos dejamos de existir. Kennedy murió de varios balazos que le disparó un tal Sirhan Bishara Sirhan en las cocinas del hotel Ambassador el 5 de junio de 1968. La fotografía que tanto me conmovió y que nunca pude olvidar, era la de un hombre agonizante al que una mujer le había puesto su rosario entre las manos para que se encomendara a Dios. O tal vez, para que rezara por ella y por mí.