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El país del yo no me dejo

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“Porque eso sí, yo no me dejo”, dijo el celador, amarrado a su perro, que gruñía como él. “Pero yo no me dejé”, comentó cinco minutos más tarde una señora en el bus.

“No se deje, parce”, le gritó al conductor de ese bus uno de los “calibradores” de la calle, esos tipos que anotan en una planilla cuánto tiempo de retraso lleva una buseta con respecto a un compañero, y cuánto de adelanto sobre otro. No se deje, yo no me dejo. Las tres voces, con distintos nombres y acentos, se han multiplicado por cientos de miles en este país hasta llegar a millones. Las tres voces han recogido ese lado de malicia indígena de la colombianidad en el que el otro es un enemigo, un competidor, y la competencia deriva en atajo, y el atajo, en trampa, y la trampa en amenaza, y la amenaza en sacar un arma y pegarle un tiro a alguien sólo porque piensa distinto.

El yo no me dejo nos arrasó. Nos sumió en el ganar de cualquier manera, sin reglas, sin argumentos, sin decencia. Nos empujó a no respetar al otro, a robarle su trabajo, a despojarlo de sus méritos y decir “fui yo” cuando el poderoso aplaude. “No se deje, mijo”, repitieron por años y años los señores para que sus hijos aprendieran la minucia del engaño. El engaño en un partido de fútbol, en un examen, en la tienda, y luego, muy luego, en el trabajo. El engaño en el amor, en la religión, en el juego y ante todo, por tanto engaño, por tanta mentira, el engaño en cada quien y de cada quien. Yo no me dejo ha sido el himno, el escudo y la lanza de los mediocres, que en lugar de admitir un error, arrasan con el que vio ese error, sin comprender que es de los errores que se aprende y que los espejos que más abatidos nos muestran son los más fidedignos.

El yo no me dejo nos obligó a estar a la ofensiva día y noche, a ofender porque hay otro, cualquier otro, y ese otro —creemos— nos ha herido, atacado, humillado, sólo por existir. Nos va a robar, intuimos, dentro de nuestra intuición surgida y marcada por los atracos, las bombas, las cuchilladas, leguleyadas y golpes, pues a fin de cuentas, ese otro también vive dentro del espacio del no me dejo, no te dejes.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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