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Enamorar y matar

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Fue su amor desmedido de rayos milagrosos, de viejas herencias, lo que la mató. Susana le creyó a un hombre y sus promesas de amor. Le apostó al amor y a un muchacho irresistible que dijo llamarse Ricardo León. Él la buscó porque le dieron la orden de que la buscara. Era un trabajo más.

Ya antes sus compañeros del cuerpo de inteligencia la habían investigado. Rutinas, amigos, gustos, colores, colegio, amores, desamores, películas, canciones. Él tenía todos los datos, y fuera de eso, era un enamorador consumado. Ella no supo leer algunos indicios. Tampoco quiso hacerlo.

Su madre la había enviado a un país vecino, pues tenerla con ella era un peligro para las dos y para el resto de los combatientes. Ellos, todos, sabían que la hija del comandante era objetivo militar de primer grado.

Además, tanta mudanza, tanta paranoia, tanto ir y volver y esconderse y esperar un posible ataque no podían darle ningún tipo de estabilidad. Laura se fue a terminar su bachillerato en una escuela pública más allá de las fronteras, pero era una niña aún. Diecisiete años. Volver a los 17, como cantaba Violeta Parra, “Solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes”.

La soledad, su inocencia y las dulces palabras de León, que fueron palabra y después besos y más tarde pasión, la llevaron a desbordarse. Por terceras personas, correos que eran postas pues el peligro acechaba, su madre le mandó a decir que fuera a pasar las fiestas de fin de año con ella y el comandante.

Entonces supo que Susana tenía un novio, y que iría con ella a visitarla. Cuando se conocieron, doña Beatriz le extendió la mano, fría, distante, y lo miró con esa eterna desconfianza de los perseguidos. Él le prometió que adoraba a su hija, que la cuidaría hasta el fin de su vida, que jamás ni había amado ni amaría a nadie tanto. Intentaba convencer, enamorar a la madre de su novia también. Seguro ella dudó. La duda era su seguro de vida.

Luego de los saludos y las promesas, León pidió un permiso para ir al baño. Cinco minutos más tarde se disculpó con sus más estudiados ademanes de enamorador, pues debía culminar alguna diligencia en el centro de la ciudad. Besó a su novia enfrente de su madre y se marchó.

Ellas habrán hablado de conveniencias, de futuro, miedos y seguridad, de amores y dolores, pero nadie lo supo. Nadie lo pudo saber, porque aquella tarde, a las cinco de la tarde, una bomba terminó con sus palabras y sus vidas. “¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en la sombra de la tarde!”, como escribió García Lorca.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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