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Enterradores que con sus cientos de reglas frustraron a decenas de decenas de creadores porque les impusieron un bien y un mal o una calificación, y desde los pedestales de su sabiduría decidieron, dictaminaron y terminaron masacrando.
Enterradores que sienten y padecen, como todos los mortales, pero que carecen de sensibilidad, porque como dijo Vladimir Nabokov, “una persona sensible no será nunca cruel”. Enterradores que, amparados en sus múltiples títulos de doctorado y plus doctorado, consideran que esos diplomas son reales avales de un saber, pero no entienden, no se los dijeron en sus cursos, que detrás de cada trabajo que rechazan hay un ser humano, y detrás de cada ser humano, un infinito pozo de ilusiones, temores, angustias, vivencias, sueños, palabras y hechos, que son la esencia de esos trabajos desechados.
Enterradores que se paran ante un tablero para explicar cuáles son las verdades del mundo y de la vida, verdades de otros y vidas de otros que ellos sólo repiten, “servidores de pasado en copa nueva”, como cantaba Silvio Rodríguez. Enterradores que rechazan un trabajo o mil trabajos de años y años, porque a ellos les pareció que no estaban a su altura, que es decir a la altura de sus teóricos.
Enterradores que labran su prestigio sembrando frustraciones para que ninguno de sus frustrados lo baje de su pedestal. Los frustran, humillan y anulan, pues es preferible que desaparezcan del todo y se dediquen a producir en serie, a que un día se conviertan en sus rivales. Enterradores de nuevas formas, nuevas líneas, palabras y sonidos, que van juzgando lo distinto de acuerdo con mohosas fórmulas a las que han bautizado con el pomposo nombre de Academia. Enterradores que se unen, se definen unos a otros como expertos, y van elaborando, en sus tertulias de expertos, finos mecanismos para mantenerse en el poder del conocimiento, y desde allí confunden conocimiento con sabiduría y postergan indefinidamente, y en nombre de la teoría, la creación.
Enterradores de las pasiones, de lo imprevisto, de las pulsiones y del riesgo. Enterradores de la vida. Enterradores de sueños, enterradores de magia, de lo distinto y la libertad y de todo aquello que ellos mismos quisieron ser algún día, antes de que otros enterradores los anularan.