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Que mi equipaje sean una decena de libros infinitos, de esos que lo dejan a uno inmerso en miles de preguntas que se transforman en más preguntas, y dos plumas para escribir y varias docenas de cartuchos de repuesto y unas cuantas libretas de papel, y que el camino no termine jamás, y que en un recodo haya algún lago de aguas muy claras, transparentes, y hacer con un par de hojas un barco de papel, y jugar al viaje interminable en ese barco y cantar, susurrar, aquella canción de Serrat que decía “Barquito de papel, sin nombre, sin patrón y sin bandera, navegando sin timón, donde la corriente quiera”, y que la corriente me lleve a una playa y en la playa descubrir cómo son los cangrejos, cómo caminan, qué buscan, a qué le temen y hacia dónde van.
Y cantar de nuevo, “¿A dónde van las palabras que no se quedaron? ¿A dónde van las miradas que un día partieron? ¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón, o se acurrucan, entre las hendijas, buscando calor?”, y con el cantar hacerle un homenaje más a Silvio Rodríguez. Que en mi equipaje haya espacio, mucho espacio para los momentos que logré coleccionar en la vida, para los que imaginé y para los que coleccione mientras voy por ahí, y ser consciente, siempre consciente de que uno construye los momentos y luego los fija en el recuerdo, percibiendo cada detalle, observando con la voluntad de observar y luego escribiéndolos, que es una forma, tal vez la más honesta de las formas de volverlos a vivir.
Que el cansancio, o un vendaval o un aguacero se vayan llevando mis prisas, las recientes, y ojalá las vetustas prisas de todos los días y todas las horas y segundos, y que en un amanecer los recibos que tenía que pagar sean una lejana pesadilla, como mis documentos de identidad, para comprender así que uno puede vivir sin comprar y pagar y sin un papel y un sello “oficiales” que determinen una identidad o una manera de vivir. Que el sueño me agarre a la hora que sea, sin horarios, y que no haya almanaques que me digan que estamos en el día de. Que todos los días sean el último día, o el primero, y que los lobos y las hormigas y los osos y demás sean mi sociedad, y que al caer la tarde pueda asomarme con ellos para ver cómo mi barco de papel navega sin rumbo ni destino.