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El Caminante

Equipaje

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Que mi equipaje sean una decena de libros infinitos, de esos que lo dejan a uno inmerso en miles de preguntas que se transforman en más preguntas, y dos plumas para escribir y varias docenas de cartuchos de repuesto y unas cuantas libretas de papel, y que el camino no termine jamás, y que en un recodo haya algún lago de aguas muy claras, transparentes, y hacer con un par de hojas un barco de papel, y jugar al viaje interminable en ese barco y cantar, susurrar, aquella canción de Serrat que decía “Barquito de papel, sin nombre, sin patrón y sin bandera, navegando sin timón, donde la corriente quiera”, y que la corriente me lleve a una playa y en la playa descubrir cómo son los cangrejos, cómo caminan, qué buscan, a qué le temen y hacia dónde van.

Y cantar de nuevo, “¿A dónde van las palabras que no se quedaron? ¿A dónde van las miradas que un día partieron? ¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón, o se acurrucan, entre las hendijas, buscando calor?”, y con el cantar hacerle un homenaje más a Silvio Rodríguez. Que en mi equipaje haya espacio, mucho espacio para los momentos que logré coleccionar en la vida, para los que imaginé y para los que coleccione mientras voy por ahí, y ser consciente, siempre consciente de que uno construye los momentos y luego los fija en el recuerdo, percibiendo cada detalle, observando con la voluntad de observar y luego escribiéndolos, que es una forma, tal vez la más honesta de las formas de volverlos a vivir.

Que el cansancio, o un vendaval o un aguacero se vayan llevando mis prisas, las recientes, y ojalá las vetustas prisas de todos los días y todas las horas y segundos, y que en un amanecer los recibos que tenía que pagar sean una lejana pesadilla, como mis documentos de identidad, para comprender así que uno puede vivir sin comprar y pagar y sin un papel y un sello “oficiales” que determinen una identidad o una manera de vivir. Que el sueño me agarre a la hora que sea, sin horarios, y que no haya almanaques que me digan que estamos en el día de. Que todos los días sean el último día, o el primero, y que los lobos y las hormigas y los osos y demás sean mi sociedad, y que al caer la tarde pueda asomarme con ellos para ver cómo mi barco de papel navega sin rumbo ni destino.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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