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Una noche, con dos tragos de más, Jacinto dijo que él no había sido nunca quien hubiera debido ser, y que ya nada podría remediarse.
Dijo que todo había sido por el maldito dinero, por la plata. Luego aclaró que si algo había aprendido, era que el dinero no podía ser el único objetivo de la vida. “Pero ya es tarde”, añadió. Y era tarde: Jacinto no era ni sería quien debía haber sido. Su cuerpo, su sangre, su cerebro, su ser, estaban ya contaminados. “Yo me dejé contaminar”, dijo, y contó que en una de aquellas noches de deudas entró en internet y buscó maneras fáciles de hacer dinero para estudiantes. “Pagan dependiendo del tiempo que se deba permanecer en el hospital, la cantidad de sangre que te sacan y esas cosas. En la página debes responder a una entrevista que les ayudará a saber si eres apto o no”.
A la mañana siguiente, él se contactó con los de la página y acordó con una mujer una cita, que sería una cita de otra cita y de otra cita con diversos personajes que lo interrogaban, le hacían exámenes y lo convidaban a firmar distintos papeles que, le explicaron, eran cláusulas de confidencialidad. Pasada una semana, lo internaron con otras siete personas: Una mujer desempleada con dos hijos, dos exconvictos y cuatro oficinistas. A todos les dieron drogas, pero unas eran reales y otras ficticias. Nadie sabía qué tomaba, pero sí, que debía hacerlo en punto de una hora, como las comidas, las muestras de sangre, los paseos. Todo debía ser exacto. “Si alguno incumplía, le descontaban del pago cada minuto de retraso”.
Cuando salió de la clínica, le entregaron una infinita serie de recomendaciones que eran, en realidad, obligaciones. Jacinto había sido apto para que lo envenenaran, sí, y debía ofrecer su cuerpo para que lo estudiaran. Nada le dolió ni ese día ni los siguientes, y así lo anotó en una hoja, como anotó sus reacciones, hora tras hora, día tras día. Entonces lo interrogaron de nuevo y lo examinaron y le pagaron los mil dólares que le habían ofrecido por concepto de “investigaciones médicas”. “Eso fue hace cinco años”, nos confesó la noche de los tragos. Desde entonces, cada vez que necesitó dinero, o que quiso dinero, se prestó para los mismos experimentos, o para otros, mejor, pues en cada sesión le inyectaban una droga distinta, que debía arrojar un resultado diferente y una consecuencia más. Y en el transcurrir de estos cinco años fue Jacinto en nombre y en dinero, pero cada vez menos Jacinto.