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Aunque suene a ironía, fue desde el aburrimiento que imaginé mis sueños más firmes, y fue desde el aburrimiento y por el aburrimiento que creé juegos, amigos invisibles, diálogos con la nada, enemigos de espadas filosas, canciones que canté hasta perder la voz y un alfabeto para escribirles a los fantasmas. Por el aburrimiento transformé una simple tina en el río Orinoco, y a un pato de hule en un cocodrilo, como el que enfrentaba una y otra y otra vez el capitán Garfio en Peter Pan. Fui un detective al que mataban todas las noches, el ladrón de las joyas más preciosas de un sultán, fui el último de los mohicanos y el primer pasajero a Venus. Fui el amante de una mujer pirata, y fui pirata, y fui el viento que me azotaba en la cara y veía pasar, y fui el puntero izquierdo de un equipo atravesado por una banda.
Desde el aburrimiento, por él y gracias a él, hallé una y mil maneras de desaburrirme. Conté los minutos de las horas, y los días. Y me senté en una montañita de un parque a ver pasar a la gente, a imaginar sus vidas, a recrearlas, como recreé a los Beatles o a Serrat, a Dustin Hoffman, a Al Pacino o a Sofía Loren, a Hermann Hesse y a Julio Cortázar, y a decenas de los personajes que salían de cuando en cuando en los diarios, y que de tanto recrearlos los hice míos. Fui Raskolnikov. Tuve tanto tiempo de pensar en su crimen y en su castigo, que terminé por sentirme perseguido, como él, y culpable, como él, y único y hasta elegido, como él, y acabé por decir, por gritar, que necesitaba aire. Fui el lobo estepario, muy a pesar de que no sabía qué era una estepa, y fui pleno cada vez que me sentí solo. Solitario, triste y final, como un libro de Osvaldo Soriano.
Desde el aburrimiento, me zambullí en las páginas satinadas, como de seda, de una inmensa Biblia ilustrada por Gustave Doré. Y fui Sansón, y Abel, y un poco Caín, y otro poco Judas. Y tuve miedo, y bajé al infierno, y morí y resucité todos los días y todas las noches. Por el aburrimiento, para salir de ahí, escribí melosas estrofas y sangrientos párrafos, y seguí escribiendo, imaginando, descubriendo, preguntando. Escuché infinidad de veces los mismos discos, me los aprendí de memoria y luego traté de sacarlos con una guitarra, que más que guitarra era un pedazo de madera, perfecta para mis torpes manos.