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Había que verlos y sentirlos y oírlos aquella mañana mientras llegaban por distintas calles y sacaban sus banderas verdes, o rojas, o blancas o azules y con ellas al hombro le daban vueltas al monumento de San Martín, Plaza de Mayo, y luego cantaban como en una cancha de fútbol “que se vayan todos, que la puta que los parió, que se vayan todos”, y brincaban y mezclaban en sus cánticos una, dos o tres arengas sindicalistas porque era un despropósito que maltrataran a los animales, que los trenes no llegaran hasta la Patagonia o que hubiera capitalistas salvajes que cazaran ballenas para lucrarse con su piel y con su aceite.
Había que verlos y sentirlos y oírlos sobre el mediodía, mientras se multiplicaban y los diez de antes eran cien, y saltaban igual que los otros, y cantaban contra el poder de los de siempre y los ladrones y la puta que los parió a todos y “que se vayan y no regresen, que se vayan y no vuelvan”. Las manos cerradas, crispadas, los ojos rojos, el cuerpo tenso, sudoroso, y 30 grados a la sombra y el sol allá encima, sobre el cielo azul, y la cuenta de ahorros en ceros y la luz y el agua por pagar.
Había que verlos a las cinco de la tarde, “Eran las cinco en todos los relojes, Eran las cinco en sombra de la tarde”, como escribió Federico García Lorca, y a las cinco de la tarde ya no eran cien ni quinientos, sino diez mil, cincuenta mil y cien mil, todos menos uno, por decir que ese uno era el presidente Fernando de la Rúa, acorralado en su casa, la Casa Rosada, agobiado, renunciante, muerto en vida, a punto de huir en un helicóptero porque si no huía la multitud rompía su casa de gobierno y lo descuartizaba a él, a él y a su gente, al ministro de Economía y a todos los responsables de que la Argentina hubiera quebrado.
Había que verlos, insultantes, con antorchas encendidas, con la pobreza y el miedo encendidos, con sus cantos de fútbol barra brava, sin fútbol pero con odio, sin camisa o con camisa, con zapatos de goma para correr si llegaban los policías en sus caballos a reventarlos y canicas de vidrio en los bolsillos para esparcirlas por la plaza y por las calles y que los caballos resbalaran y que el sistema se cayera y que todos los políticos se pudrieran.