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Hambre

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Nunca pudo determinar con precisión en qué momento comenzó a transformarse en un personaje de novela, pero apostaba la mayoría de sus fichas al día después de su cumpleaños número 13, cuando abrió un pequeño libro rojo que se titulaba Hambre.

Así, sólo Hambre. Estaba firmado por un tal Knut Hamsun, a quien jamás había oído mencionar, aunque eso no lo preocupaba. Las letras eran diminutas. El protagonista iba y volvía, escribía, dejaba pruebas de sus textos en los periódicos de su ciudad, soportaba el frío, pensaba, soñaba y se ilusionaba con que algún día le publicaran un cuento o un ensayo para recibir un par de monedas e ir a un buen restaurante.

Debió ser por aquella historia de Hamsun que decidió comenzar a escribir cursis poemas y tétricos y desolados relatos en los que él siempre acababa por perder. Un día cualquiera se hastió de imaginar, de existir sólo en letras y papeles, de tener que decidir los finales de su vida sin darle espacio al azar. Necesitaba fantasía, magia, un toque de destino, que le ocurriera lo que tenía que ocurrirle si doblaba a la izquierda en lugar de a la derecha, si le pedía un beso a una mujer o si se perdía por un oscuro callejón sin salida. Quería voces, peticiones, miradas, insultos, dolores, alegrías, conversaciones robadas, rumores de gente desconocida sobre otra aún más desconocida. Quería vida.

Irónico, empezó por encerrarse en su habitación, subirle el volumen a la radio y darse trompadas contra las paredes para que se le inflamaran las manos. Cada golpe era un grito mordido. Los cartílagos se le reventaban, las venas palpitaban. Cortado, magullado, adolorido, salió de su cuarto y de su casa para probar la capacidad de conmiseración de los humanos, pero encontró indiferencia y, más allá, miedo. O miedo e indiferencia. Y caminó y habló con algún transeúnte y provocó. Bebió, fumó, maldijo. El mundo, sin embargo, le parecía tan lejano como en los libros. Distante como letras y mucho más frío.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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