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Esto no es más que un texto. Un cúmulo de palabras y de letras que se pelean entre sí, como nos peleamos todos para decir algo y decirlo primero y más fuerte, y como hay que pelear por escribir y escribiendo. Un texto, sólo eso, para decir algunas cosas, porque escribir, en últimas, no es más que decir algunas cosas y dejarlas ahí, plasmadas, para que se las lleven el viento o el tiempo, o para que permanezcan y algún lejano día un loco sepa qué pensábamos y sentíamos y qué decíamos. Esta no es más que una delirante sucesión de ideas, de verbos y sujetos, y un desafío. Es romper y es un martillo. Es recrear lo roto, volverlo a armar a nuestro modo, con nuestras vidas y nuestras palabras, y es firmarlo y con esa firma proponer el reto de construir nuestro bien y nuestro mal, nuestros propios mandamientos.
Esto no es más que un texto y una manera de poner los acentos donde queremos, y quitarlos de donde otros, interesados y herederos, han querido dejarlos; unas simples frases para intentar bajarle gravedad a la vida, comenzando por eso que llaman amor, que es un amor impuesto, repleto de reglas y condiciones, de firmas absurdas y promesas aún más absurdas, como te amaré toda la vida o te seré fiel hasta la eternidad. Yo no sé qué es el amor, pero intento entenderlo desde lo natural, y no son naturales ni el amor eterno ni la fidelidad, porque todos cambiamos y nunca dejamos de cambiar. Todo nos influye, todo nos afecta, por eso cada día amamos o desamamos de una forma distinta, y regir un sentimiento por reglas, leyes o convenciones, es ser esencialmente hipócritas.
Somos hipócritas cuando actuamos según el qué dirán, hipócritas y cobardes, cobardes y alienados, cual soldados de plomo, vestidos todos igual, pensando lo mismo, comprando lo mismo, haciendo lo mismo, dominados por los mismos, que actúan, nos actúan, y reaccionamos. Somos hipócritas cuando les seguimos el juego a los que creen que romper un amor es asesinar, y nos alineamos en bandos que critican y juzgan y condenan al desenamorado, como si dejar de amar no fuera natural, y como si amar fuera una obligación, y esa obligación tuviera que extenderse a todos aquellos que nos rodean. Por nuestra hipocresía colaboramos con esa infinita gravedad del tema amor, que por grave es más doloroso e insufrible. Y es pesado. Y es inmodificable. Es pesadilla, e incluso muerte, cuando en realidad, amar o no amar es un asunto de carencias, de coincidencias y de imaginación.