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Solía huir del tiempo. A veces, recluyéndome en una cabaña, sin más relojes que los relojes del sol y de la luna.
Allá, lejos del mundo y sus prisas, distante de los tictacs, me reconciliaba y convivía con él, y el tiempo era amigo y enemigo, como en aquella frase de Cioran que repetía en las noches para sonreír, para creer que había ganado todas las batallas: “Mi misión es matar el tiempo; la suya, matarme a mí. Se está perfectamente bien entre enemigos”. Abrazado al tiempo, creía dominarlo, simplemente porque estaba con él. Lo veía, lo palpaba, lo escudriñaba. A su lado, recordaba que los grandes momentos de mi vida habían durado un diminuto instante, y en esos grandes momentos el tiempo, él, no había importado.
Había sido como si un tiempo distinto hubiera transcurrido debajo del otro, un tiempo sin tiempo, por decirlo así. Devolví mil películas, e incluso decidí que eran reales algunas escenas que no habían ocurrido. Añadí a la carpeta de momentos coleccionados mis propias mentiras, y en ellas, la niña vestida de negro que se iba, retornaba a mí con un beso en el aire, y la canción que me embriagaba era una canción sin final. En búsqueda de más mentiras, comprendí que la medición del tiempo era la gran imposición de todos los tiempos, y tal vez la más grande de todas las mentiras. Disfrazada de guía, luego fue un referente, y después, organización, y por fin, orden. Orden de imposición, orden de ordenanza, orden de horarios.
Y así fue como los horarios me fueron aprisionando. Horarios en grandes ciclos, como tener que ir al colegio y luego a la universidad, y luego el matrimonio y la familia y el trabajo, y horarios de todos los días, desde el levantarme hasta el acostarme. Horarios, embutido en un salón de clases para oír fórmulas repetidas de profesores repetidos, y horarios, enclaustrado en una oficina para cumplir con unas obligaciones firmadas en un contrato. Horarios para volver a casa, para besar, para comer, para salir, para soñar, para hablar, para escuchar, para compartir algo que nunca supe qué era con alguien a quien nunca conocí de veras. Horarios para jugar, para aparentar amores, para reclamar, y horarios para intercambiar horarios.