Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Ella pensaba elegir a sus amantes como quien escoge un libro.
Por la belleza del texto, sí, pero también, y sobre todo, por la profundidad, por el misterio, por la trama, por la angustia mezclada con la felicidad, por la ilusión y la decepción, por el amor y la rutina. Los libros debían tenerlo todo y lo tenían todo, o por lo menos, los libros que a ella la habían seducido. Primero era un libro, decía, y a su imagen y semejanza saldrán los amantes. Primero era un libro, pensaba, aunque por momentos concluía que todo era un disparate, pues ni ella ni sus posibles amantes serían como un libro. Ni ella ni sus anhelados amantes saldrían de un libro.
Pero quería jugar. Quería traspasar las historias que leía a su confundida realidad, a ese día a día que la consumía. Citarse con un hombre por un aviso de periódico, por ejemplo. Algo que dijera: “Busco un amante que se haya leído cien veces por lo menos El lobo estepario, para que él sea Harry Haller, y yo, Armanda”. O escribir otro clasificado para encontrar a un Martín y ella ser Alejandra. Verse con él en Parque Lezama y recorrer la Buenos Aires de Sobre héroes y tumbas, amarlo y despreciarlo, como en la novela. Jugar con él y sentirse juguete de él. Jugar a ser otra, con otros, eso era lo que en realidad quería.
Jugando a ser otra, como en un libro, se liberaría de las culpas. A fin de cuentas, actuaría según un libreto. El libro, cualquiera, sería su libreto. Ella obedecería. Seguiría una línea de acción, con un argumento conocido de antemano y personajes más o menos confiables. Que mataran o amaran u odiaran era lo de menos. Eran confiables, pues ella sabía qué podrían hacer. Sabría, tendría que saber, si jugaba a ser Alejandra, que Martín se moría por ella y que aguantaría lo que fuera por verla, sólo por verla. Sabría, también, si era Armanda, que Harry Haller le diría que sí alguna noche, y bailarían un foxtrot y conversarían sobre Mozart, Nietzsche, Goethe.
Sin embargo, en últimas, y pese a los tintes de juego que buscaba, su verdadero juego era eliminar la posibilidad de errar. Buscaba seguridad. No equivocarse más en sus elecciones. No tener que analizar los indicios que después, siempre, terminaban por transformarse en certezas, en casi trágicas certezas. Quería no probar. No decepcionarse. No vivir.