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El Caminante

La credibilidad perdida

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Fuimos perdiendo la credibilidad, pero no nos importó, y no nos importó porque nos sumergimos en el mundo de las conveniencias, con todas y cada una de sus consecuencias. Nos jugamos la razón, la lógica, la veracidad, para recordar a José Eustasio Rivera, porque nosotros mismos nos fuimos quedando sin argumentos. Dejamos de pensar, bombardeados segundo tras segundo por nuevas informaciones, y le dimos paso a las justificaciones, pues detrás de cada información había un interés oculto. Hubo tanto ruido durante estos últimos días, tantas voces que nos decían una u otra cosa, tanto estruendo, que al final de cada día era imposible discernir nada. Las mismas noticias, los mismos hechos, se iban presentando con un saldo en un noticiero, y con otro absolutamente distinto en un portal de noticias, y así, medio tras medio.

Las redes decían una cosa según el bando de unos emisores, y otra, según el bando contrario. Y que cada quien creyera lo que más le conviniera. De tanta noticia, toda de última hora, por supuesto, porque la última hora y el sensacionalismo venden, acabamos embotados, aturdidos, y olvidamos la dimensión de cada víctima, fuera del color que fuera, y de cada disparo y cada ataque. Los nombres, los rostros, las historias y el dolor detrás de cada rostro, pasaron a ser números. Simples cifras. Tan cifras, que algunos informadores acabaron por deducir que tal o cual noche se vivieron en calma pues sólo se había sabido de una víctima. O de dos. En los resúmenes de los hechos, hablaban de más y mas cifras, y en los inventarios de pérdidas, de mil o cinco mil o diez mil millones de pesos. Todo era número, cantidad. Jamás cualidad, y menos, razón.

Nos ahogamos en medio de las cifras, sin pensar siquiera que las cifras, como todo lo que proviene de lo humano, también eran, son y serán corruptibles, manipulables, y por lo tanto, posiblemente falsas. Nos ahogamos tanto, perdimos tanta credibilidad con nosotros y entre nosotros, pisoteándonos de paso, que en el único aspecto en el que todos nos pusimos de acuerdo fue en pedir observadores y analistas y relatores internacionales, volviendo a darles el poder de ser jueces y de poseer “la verdad” y narrar nuestra historia a los otros, a los de afuera, multiplicando una vez más ese imperialismo social y cultural que decíamos combatir tumbando estatuas, por ejemplo. Buscando a los de afuera, confiando sólo en ellos, dejamos sentado que no creemos en la imparcialidad de ningún colombiano, y como decía el viejo dicho, nos convencimos de que “quien no está conmigo está contra mí”.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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