Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Elegir era su única opción y era, a la vez, un salto al vacío. Acababa de cumplir 17 años y a esa edad, como a tantos otros, le tocaba decidir qué haría el resto de sus días.
En su casa le habían dicho que estudiara algo que le diera plata. La plata, de nuevo, como único objetivo. El dios dinero por encima de todo lo demás. Él se negaba a creer que la vida sólo fuera acumular, hacer dinero, sumar y multiplicar. “El único objetivo en la vida no puede ser la plata”, solía decir.
Para darse fuerza repetía una frase de Roth Pierpon, amigo de Phillip Rotht, que le había enviado una amiga: “Todos sabemos que tomamos una decisión y que a raíz de esa decisión hay muchos caminos que no vamos a poder tomar. Esas opciones ya cerradas siempre nos van a atraer, pero eso no significa que nos vayamos a arrepentir de no haberlas tomado”.
Él hubiera querido ser músico, pero ya era tarde para ello. Le hacían falta varios años de formación. Quería ser pintor, pero creía que a punta de colores y formas no hubiera podido transmitir lo que pretendía. Soñaba con la astronomía, con fósiles, con la historia y con la filosofía, pero sobre todo, quería escribir. Cuando escribía era como si el mundo se detuviera y él fuera una especie de dios que todo lo podía definir. Como si sus textos fueran la vida.
Con los años, y pese a sus constantes caídas, sus deudas, sus derrotas, comprendió que si hubiera tomado otro rumbo, se habría equivocado. No era un hombre de manuales. Creía, como el poeta, que en la vida se hacía camino al andar, y aprendió a amar más el camino que el final, más el atreverse que el triunfar, más el hacer que el terminar. Inventó, blasfemó, se rebeló, cayó y volvió a crear, con lo aprendido por las derrotas como su más importante insumo. Destrozó las verdades de los demás, las viejas tablas, y con las astillas construyó las suyas. En ellas, el fracaso era seguir los lineamientos de los otros: obedecer porque sí, creer porque sí, actuar porque sí. En ellas, arrodillarse dos minutos ante la tumba de Dostoievski, recoger una flor y meterla entre las páginas rusas de los Hermanos Karamazov, era más valioso que una camioneta último modelo, y apostarle a lo imposible, más redituable que conseguir lo simplemente posible.