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Lo que quede de mí, de ti, de ella y de nosotros, será aquello que escribimos, no lo que fuimos. Quedará un reguero de hojas escritas a mano o en viejas máquinas de escribir amontonadas dentro de un baúl, y algunas publicaciones, y, tal vez, todas las palabras que vayan a la nube, si es que esa nube no explota algún día. Quedarán las palabras que elegimos, las frases que escogimos, un sinfín de puntos y comas y nuestro testimonio sobre este tiempo que nos tocó vivir. Allí estará nuestra versión de la vida, y allí seremos nosotros, los más auténticos nosotros, cada uno con su yo, porque cada palabra y cada párrafo serán consecuencia de mil pensamientos, sin que importe demasiado si los demás estuvieron de acuerdo o no. Lo que quede de nosotros será nosotros convertidos en texto, no nosotros convertidos en persona y en recuerdo.
Lo que quede de mí y de ti será lo que hayamos registrado en un papel, para que no haya opción de que los pocos relatos orales, y las fotos y videos que surjan nos tergiversen, porque, digan lo que digan, lo escrito es lo único que queda, lo único que puede dar entera fe de algo que ocurrió, de lo que nos ocurrió, de lo que hicimos, o por lo menos, dar la fe de lo que ocurrió según quien lo escribió. Quedarán frases mil veces discutibles y mil veces interpretables, pero serán tus frases y mis frases, con tus palabras y las mías, con nuestros ritmos o nuestros no ritmos, nuestras ideas y confusiones, no las frases ni las ideas ni los ritmos de otros, o de manuales perfectamente editados, y más perfectamente repetidos por los siglos de los siglos. Lo que quede de ti y de mí será lo que escribamos, no lo que digamos, porque, puestos a decir, yo por lo menos digo mil tonterías cada día, y reacciono más tontamente cada dos o tres minutos.
Lo que quede de nosotros dos serán las pocas canciones que compusimos varios años atrás, un par de melancólicos versos garabateados en letra pegada, uno que otro texto que algún curioso encontrará al azar y las cartas que me enviaste con algunas líneas que copiaste de algún poema, que fue lo que quedó del poeta que lo escribió, no las botellas de ron que nos tomamos ni los cigarrillos que fumamos ni los besos ni mis caminatas en la madrugada tomado de tu mano.