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Porque martes provenía de Marte y Marte era el planeta rojo y rojo era sangre, pasión y muerte en los tiempos de las brujas.
Porque 13 eran los comensales de la última cena y Judas el último y 13 eran los peldaños que llevaban a la vida eterna de los nórdicos, los agoreros determinaron por su propia cuenta y riesgo que los martes 13 eran de pésima suerte, pero yo no les creí. Ese mismo día rompí una de las “máximas” del universo supersticioso: “No comprarás ropa un martes 13, y menos aún, la estrenarás ese día”.
Indiferente a las leyes invisibles de los agüeros, sin escuchar lo que me gritaban decenas de espejos quebrados y otros tantos gatos negros que me crucé en el camino, me metí en una tienda, y en otra y en otra, hasta que encontré los guayos que estrenaría esa noche. Eran los últimos del almacén, como tenía que ser, y me los facturó una mujer a la que sólo le hacía falta una escoba.
A las 8:30 de la noche me los probé con pequeños saltos y carreras. Parecían guantes. A las nueve llegué a la cancha con una infinita mezcla de “cábalas” rondándome. Que el primer toque, que el primer gol. Lo que ocurriera en el estreno ocurriría durante los siguientes 13 meses de fútbol, pensaba yo. No era un asunto menor tener que echar o no a la basura los nuevos guayos.
Entonces empezó el partido. La pelota iba de un lado a otro, siempre lejana, como si yo fuera un fantasma, con guayos relucientes pero fantasma al fin. De repente todo se transformó. El balón quedó suelto por ahí, muy cerca del arco rival y de mí. Lo vi que brillaba, perfecto, y lo imaginé impecable después del zapatazo contra la red. Di dos pasos, tres. Lo alcancé pleno. Sin embargo, en el preciso instante en que yo le pegaba, otras cuatro piernas de dos monstruos deslizantes lo desviaron, llevándose en su barrida mi pierna, el pasto, los insectos, las palomas, y todo lo que había por allí cerca. Luego de los aullidos, llegaron las explicaciones, las excusas y versiones. Igual, nada cambiaría el diagnóstico del médico, un simpático coleccionista de payasos que sentenció: “Esguince múltiple de ligamento. Yeso. Incapacidad de 22 días”.
“¿Y los guayos?”, me preguntó más tarde una enfermera que había oído toda la historia. “No sé”, le dije. “Es que ni siquiera los pude estrenar”.