Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
A través de los años he ido guardando en un viejo ropero las múltiples máscaras que he usado a lo largo de tantos caminos y tantas caídas.
Máscaras para sonreír cuando he querido llorar pues en últimas, como decía la canción, “que nadie sepa mi sufrir”, y máscaras con gesto de palo para afrontar la mezquindad y poder seguir de largo sin que esa mezquindad me detenga. Máscaras de indiferencia para ignorar los patrioteros y acomodados informes de las noticias, y máscaras de monje budista para soportar la estúpida arrogancia de los advenedizos. Máscaras de muchos colores para plegarme a tanta fiesta que idiotiza y se organiza para idiotizar, y máscaras negras para ir en las procesiones de los miles de muertos que dejan todos los años nuestras guerras, nuestras armas, nuestros odios, nuestra avaricia, nuestras fronteras, nuestra bandera y nuestros bancos y todo lo que hemos creado los humanos para acabarnos. Máscaras de plástico para estar a tono con ciertas modas y cantar “ella era una chica plástica, de esas que veo por ahí, de esas que cuando se agitan, sudan Chanel number three”, y máscaras con la V de venganza para soñar con que algún día se acabe este absurdo, injusto, hambriento y demoledor sistema que hemos heredado y que le ha convenido eternamente a quienes pretenden perpetuarlo.
He guardado máscaras de gesto taciturno para abrirles la puerta a los curiosos que vienen a mi casa de visita para entrometerse en mi vida y mis libros y decirles “no se encuentra, el señor está en un crucero”, como el personaje de un libro de Jorge Edwards, y he guardado otras de canguro para ver la cara de sorpresa de quienes no soportan que alguien se salga de sus cuadrículas. He guardado máscaras de enamorado para usarlas cuando el amor se ha gastado, máscaras de indiferente para esconder los celos que me han destrozado, y máscaras de hombre elocuente para hablar y hablar y no decir nada. He reciclado cientos de máscaras con tonos de solemnidad para asistir a reuniones de padres de familia, a comités de vecinos y a jornadas de solidaridad, lideradas por circunspectos hombres y mujeres que pregonan el amor al prójimo haciendo cuentas sobre el dinero que les va a dejar ese amor al prójimo, y he tenido que refaccionar la máscara de pureza que conseguí en mi primera comunión, para ir una vez al año a bodas y funerales bendecidos por sacerdotes que no han conocido ni el amor, ni la vida ni la muerte. He pintado máscaras de inteligencia para hacer inteligentes a quienes no lo son y decirles “claro, qué gran idea”, sólo para congraciarme con ellos, y he elaborado máscaras de borrachera para estar a tono con los borrachos y cantar sus horribles canciones.
Guardé máscaras de hastío, de cansancio, de alegría, de bondad, de vanidad, de halago, de crisis, de agobio, de generosidad, de asesino, suicida y santo y de todo lo que somos los humanos, y guardé una de mí mismo, pero esa sólo la voy a usar cuando te vea.