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Está cansada, pero no puede pensar que está cansada. En realidad, no puede pensar en nada distinto de sus dos pequeño hijos y su trabajo, porque si empieza a pensar, tal vez decida dejarlo todo, como hizo una señora de un libro de Virginia Woolf que leyó en la escuela.
No debe pensar, no puede pensar, porque tiene que levantarse a las cuatro y media para alistar a sus hijos y llegar en la tarde corriendo para la comida y demás, y ellos no tienen la culpa de nada. El desayuno, la ropa, los cuadernos, arreglarse ella y llevarlos a la escuela para luego tomar dos buses y padecer una hora y media de trayecto hasta la oficina, y luego de vuelta. Si hay un asiento vacío, tal vez logre dormir un rato, calcula. Si no, colgarse del maldito tubo del bus y agarrarse bien para que con las bruscas frenadas del desgraciado conductor no se lastime, porque tampoco puede lastimarse. Tres meses atrás la incapacitaron cinco días por un dolor en la espalda que no la dejaba moverse, y en el trabajo le descontaron una tercera parte del sueldo.
Ella se lo buscó todo. Hace tiempo llegó a esa conclusión para no atormentarse más. Porque fue ella quien creyó que el paraíso sería un hombre, y casarse y los hijos y una familia, como se lo repitieron en la escuela y su madre y sus tías. A los 18 se casó, se embarazó y de ahí en adelante, cuidar de ese hijo, de otro que tuvo a los dos años, del marido, de la casa, y conseguirse un trabajo. Un día el tipo se fue. Le dejó una carta en la que le informaba que se iba a pelear por cosas grandes como la bandera. Ella lloró, lo maldijo a él y escupió sobre la bandera, y por fin, después de varios meses, aceptó su nueva realidad. Hoy, cuando le preguntan cómo está, dice bien, siempre bien, y sonríe, con la misma sonrisa estudiada con la que les responde a sus jefes que no, que otro día, cuando la invitan a salir o a algo más. Con la misma sonrisa irónica con la que comenta lo importante que será para el país la elección de un nuevo presidente o la firma de un interminable tratado más de paz.
Está cansada, pero no puede pensar que está cansada, y sonríe con su sonrisa estudiada y piensa en sus hijos. Ya es consciente de que el amor y la familia y todo ese cuento no son más que fantasías multiplicadas millones de veces para que la sociedad no se desmorone y unos cuantos vivan de esa fantasía, y sabe que un nuevo presidente o la firma de otro tratado no van a cambiar nada. Le importa un bledo la patria, pues la única patria que le interesa son sus dos pequeños y ella, nada más.
Está cansada, pero no puede darse el lujo de permitirse un cansancio. Tiene que seguir, y aguantarse el tono despectivo de sus superiores, sus estúpidas órdenes y las ganas de matarlos. Tiene que seguir y soportar los chistes ramplones de las otras secretarias que la envidian por su sonrisa y la imaginan feliz. Tiene que seguir. Cansarse es un lujo. Imaginar que el día siguiente, y cientos y miles de días siguientes serán la misma insoportable rutina, es un lujo. Pensar es un lujo. Vivir es un lujo.