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Estaba mal visto que viviera su vida por ahí sin un novio, pero estaba bien visto que las compañeras del colegio se mofaran de ella, que sus padres se preocuparan por su soledad y le dieran pastillas para calmarla y dijeran que la soledad era la peor de las compañías.
Estaba mal visto que leyera y no fuera a las fiestas de 15 de sus amigas, y que prefiriera tener de heroína a María Cano, y no a Teresa de Calcuta. Estaba mal visto que no sonriera, que no hablara de amor y de hombres, que oyera viejas canciones revolucionarias y que no quisiera casarse ni tener hijos. Estaba mal visto que quisiera vivir sola. Por eso, por todo lo mal visto, un día conoció a un muchacho y se ennovió con él y creyó que se había enamorado. Se casó. Pasó entonces del mal visto con el que sus padres la bombardearon, al mal visto con el que su marido la amarró a sus designios, a sus caprichos y a su cama.
Tuvo dos hijos, una casa, mil obligaciones. Dejó su carrera de psicología en octavo semestre, porque estaba mal visto que no cuidara de sus hijos día y noche. Fue esclava porque estaba mal visto que fuera libre. Fue sumisa porque estaba mal visto que fuera ella. Estaba mal visto que fuera a una reunión sin su esposo y que no lo tomara de la mano, que no se pusiera vestidos y zapatos de tacón, que sus hijos no rezaran antes de dormirse y que no fueran los mejores en su clase. Estaba mal visto que no cuidara las borracheras de su marido cada fin de semana, y que no se molestara cuando las chismosas del barrio y sus amigas de té a las cinco de la tarde le insinuaban que lo habían visto con otra. Estaba mal visto que alguna vez hubiera puesto en duda la importancia y la necesidad de la fidelidad, y que más bien creyera en las lealtades.
Estaba mal visto que llorara, que se riera en tonos muy altos, que moviera mucho los brazos cuando caminaba, que silbara, que hablara más de lo que estaba bien visto, que callara en demasía, que hiciera gestos de desdén, que fuera a veces muy amable y también, que no lo fuera. Estuvo mal visto, años después, que se divorciara. Entonces estuvo bien visto que surgieran cientos de dedos acusadores y la hicieran sentir culpable por dejar de amar. Estuvo bien visto cargarla con la culpa de romper un matrimonio que ya la había roto a ella, de sonreír con sarcasmo cuando sus padres y demás le dijeron que se lo habían advertido. Estuvo bien visto que cargara con la culpa del dolor de su marido, con la culpa de que el amor se hubiera acabado y el hogar se rompiera.
Ella cargó con miles de culpas que la perforaron, y eso estuvo bien visto. Estuvo bien visto que llorara, que se humillara, que no volviera a sonreír, que se derrumbara, y que su vida, su vida toda, hubiera estado signada por la palabra fracaso. Estuvo mal visto, muy mal visto, que en la tarde de su cumpleaños número 37 hubiera decidido botar por la ventana las pastillas que había tomado durante 22 años.