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Medidos, perdidos, humillados y clasificados. Diez centímetros de más, unos millones de menos, y detrás de tanto número, la conciencia cada vez más contaminada, y nosotros cada vez más cuantificados. Nos miden desde la escuela con notas, cinco, cuatro, 3.8 o dos, y por las notas nos vamos convenciendo de que son las calificaciones lo que importa, no lo que aprendamos ni lo que hablemos ni lo que juguemos, e inmersos en esas calificaciones terminamos por ponerles una nota al juego, al aprendizaje y a nuestras charlas. Con el tiempo nos explican que somos de un estrato, que es otra calificación, de acuerdo con los millones que tienen nuestros padres, y con el tiempo, también, nos sugieren que busquemos amigos y amores de nuestro mismo estrato, para que luego multipliquemos los millones de nuestras familias y ascendamos uno o dos puestos en la escala social.
En esa carrera, no hacemos más que medir y ser medidos, y por medir y ser medidos nos transformamos en robots, diseñados para producir y consumir. Producimos lo que unas máquinas quieren que produzcamos, con la calidad y en la cantidad que determinan unos algoritmos que nos miden, y consumimos lo que esas mismas máquinas nos imponen. Lo bueno y lo malo es lo que funciona según las mediciones, que están dadas por lo que es bueno y es malo para una sociedad compuesta por miles de millones de robots. Somos robots tan sofisticados que creemos que decidimos, y creemos que pensamos e inventamos, y creemos que amamos y creemos que somos libres, y no nos damos cuenta de que nuestro más valioso e intrincado chip es creer, y que por creer, por seguir creyendo en discursos, dioses, rezos, absolutos, estudios, mediciones y mandamientos, nos hemos dejado alienar.
Nuestra moral es la moral de las mediciones, y nuestros comportamientos obedecen a la ley de lo contable. Mientras más números, más valiosos. Mientras más valiosos, mayor pago. Mientras más pago, más consumo. Mientras más consumo, más moda. En esa vorágine de robots, el que disiente es relegado, apartado, y el rebelde, estigmatizado. Las ideas sólo sirven si producen una gran cantidad de números, y hay que guiarlas hacia la multiplicación de los números. Los poetas pasaron de moda, a menos que sus poemas lleven a algún tipo de producción cuantitativa, y los filósofos acabaron marginados, pensando y escribiendo sobre estos asuntos sin que a nadie le importe, pues lo que en verdad importa cada vez tiene menos clics. Las mediciones determinaron que el cantante de moda y sus letras pegajosas dictaminen nuestro proceder y nuestro pensar. Y sobre todo, nuestro contar.