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Medidos y medidores

Fernando Araújo Vélez
24 de septiembre de 2016 – 08:40 p. m.

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Nos midieron al nacer y nos medirán cuando muramos para que nuestro cuerpo quepa dentro de un ataúd que también será medido por quienes vayan a nuestro funeral y por algunos más, y nos seguirán midiendo más allá de la muerte por recuerdos y una que otra carta que habremos dejado por ahí, y surgirán falsas historias, leyendas, mentiras mezcladas con alguna verdad y más mediciones.

Nos midieron en la escuela, en la casa y en la calle y nos fueron atiborrando de medidas sobre inteligencias, estatura, peso, velocidad, gusto, clase social, moral, fe, conocimiento, futuro. Nos midieron los compañeros, que por momentos eran rivales, pues necesitaban saber si dábamos la talla y éramos aptos para ser sus amigos o sus contrincantes, y nos midieron nuestros padres y hermanos y los tíos, los primos y los abuelos, para tantear nuestra sangre y saber si éramos dignos de llevar su apellido.

Nos midieron y nos enseñaron a medir y aprendimos que todos éramos susceptibles de ser medidos y, más que medidos, evaluados, juzgados, y seguramente condenados. Nos midieron por nuestros zapatos y nuestros sacos, por nuestra forma de caminar y por las canciones que oíamos y los libros que leíamos. Nos midieron con calificaciones, y la medida de nuestro conocimiento fue un número escrito por un profesor, que a la vez era medido por el rector, que a la vez era medido por un secretario de educación, que a la vez era medido por una autoridad superior, y así seguíamos, atafagados entre pesos y medidas. Nos midieron por nuestro lenguaje, por nuestra mirada, nuestro caminar y respirar y por lo que supuestamente sentíamos, y nos midieron por nuestras elecciones y nuestros amores, y luego por la entrega, la fidelidad, la devoción y un sinfín de palabras salidas del sombrero de un mago.

Nos midieron después por nuestras cuentas bancarias, por las posesiones que representaban si éramos ganadores o perdedores, por la calidad de familia que habíamos formado y por el barrio en el que vivíamos, y todas fueron medidas que unos pocos inventaron y nosotros reprodujimos. Nos midieron, nos estratificaron, uno, dos, tres; nos clasificaron como primeros, segundos o últimos, casi siempre según algún interés, y nosotros medimos también, estratificamos y clasificamos, llevados por la costumbre, por el no pensar y por el repetir. Fuimos la medida de cientos de traiciones, odios, rencores y envidias, y medimos a los otros de acuerdo con nuestros propios odios, envidias, rencores y vanidades, hasta un día en el que comprendimos que lo valioso no era medible y que medir no era más que la medida de nuestra mezquindad.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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