Mis viejos contertulios

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Mis contertulios preferidos fueron personajes escritos varias decenas de años atrás, tal vez por eso siempre he sido ingenuo y siempre he creído en la bondad del hombre, en su lucha por encima de cualquier dificultad y en viejos, muy viejos valores que se han ido extinguiendo. Por eso, también, cada traición ha sido una pequeña muerte, un pasar del creer a ciegas a la decepción y el dolor absolutos. Varios de aquellos contertulios me dijeron frases que me dejaron pensando por años, como Iván Karamazov, que le dijo a Dmitri, su hermano menor: “Nunca le digas a una mujer te amo”. Cuando la leí, cerré el libro y dije “qué tontería”.

Por aquellos años aún creía que el amor idealizado de Efraín por María, o el utópico de Heathcliff por Katherine Earnshaw en Cumbres borrascosas, o el servil de Martín por Alejandra entre las calles de Sobre héroes y tumbas, eran la salvación. Si eran la salvación, debía decirle a quien me salvara “te amo”, y lo dije en una, dos o tres ocasiones y pensé en Iván Karamazov en cada una de esas ocasiones, hasta que comprendí que decir “te amo” era dar y sentir una seguridad, y que las seguridades mataban. Mataba firmar el contrato de un matrimonio y el de un trabajo, y mataba cumplir metas. Comprendí que lo importante, lo que me podía salvar, no era el amor, sino la incertidumbre del amor, que me llevaría a crear cada día ese amor.

Del amor pasé a la vida, e intenté crear mi propia vida, a mi manera, tomando pequeños trozos de libertad a mordiscos, con mis bien y mis mal, mis incertidumbres y mis variables leyes, pero ya había demasiadas leyes en el mundo, y cada vez eran más y más. La más pesada era la ley del dinero. Por ella fui títere, por supuesto, y fui un infinito arrendado y me llené de deudas que jamás disminuían. Pasé por hospitales y comisarías, viví con tres tajadas de queso al día varios días, pero regresé cada noche a mis contertulios y fui uno de ellos, y siempre, mientras fui uno de ellos, el hambre o la fiebre o las deudas adquirieron un sentido, otro sentido.

Por eso escribí y me escribí, aunque lo hiciera con otros nombres y otros rasgos, y sin que importara mucho que que los críticos dijeran es bueno o malo. Puestas en un papel, mis angustias eran sublimes, quizá porque no eran mías sino de un pobre tipo que caminaba y respiraba y amaba y odiaba desde unos párrafos. Vistos en letras, mis dramas eran la oportunidad de hacer una infinita novela. Con el tiempo, empecé a preferir al personaje de aquellas páginas que a casi todos los personajes de la vida real, pues con él todo era posible. Con él todo fue posible, pues en la escritura todo era posible, sobre todo, porque aquel personaje era una creación que no terminaba jamás, y hacía que todos los días me levantara con la posibilidad de cambiarle un punto, una coma, o un punto y coma.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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