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Un cigarrillo en la sala de mi casa para comenzar a disparar palabras, y que las letras se mezclen con el humo y se confundan por ahí, en éste, el último reducto en el que puedo fumar sin un aviso que diga que el cigarrillo me lleva a la soledad y que la soledad es dañina, y sin que alguien tosa cuando pasa a mi lado como si sólo lo enfermara mi cigarro. Un cigarrillo lento y profundo. Mortal, sí, pero mortal de bohemia, y bohemia de París, alegre, loca y gris, como cantaba Charles Aznavour. Un cigarrillo para saborear una no prohibición, esta no prohibición en mi casa, ahora que casi todo está prohibido y que todo está por prohibirse. Un cigarrillo para morir por mi cuenta, y no por cuenta de las vanidades, las envidias y las traiciones tan humanas.
Un cigarrillo y fumar, y fumando, decir con dignidad que cuando se reúnen tres escritores hablan en general de literatura, de la vida, de la creación de los libros, de personajes, y matan en sus libros y mueren en sus libros, e incluso hablan con los muertos, con esos escritores que murieron y siguen hablando y no dejan de hablar. Un cigarrillo para gritar que cuando se juntan tres filósofos hablan de filosofía, y que tres músicos hablan de música, y que todo empieza a dañarse cuando son tres abogados los que se reúnen, o tres políticos, o tres militares, porque esos hablan de leyes y, sobre todo, de violar leyes. De trampas, de armas y de guerras y de muerte y de desapariciones, y sus armas y sus guerras son reales. Y sus muertos son muertos de carne y hueso.
Un cigarrillo que sea una pausa para después ir y buscar, rasgar, tomar y jamás dejar de ir. Para que el ir sea lo vital, no la meta, y para que yendo logre vaciarme de una vez por todas de mi necesidad de no decepcionar a nadie. Un cigarrillo que sea tabaco, vicio, adicción, y que haya pasado de moda para que sea más vicio y más prohibido y más insulto, y, por lo tanto, más soledad. Un cigarrillo, para que una bruja lo lea y me diga un montón de mentiras que quiero creer, y salir luego a la calle y encender otro cigarrillo para inventarme otro montón de mentiras que voy a creer.
Y creer y seguir creyendo, porque muy a pesar de mi escepticismo, yo también estoy hecho de creencias, y fumo como fumaban en las viejas y mágicas películas, y como en aquellas películas, aún creo que un cigarrillo me puede salvar de tantas y ridículas creencias.