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Quiero guardar para mañana algo de misterio y poder descubrirla a usted un poco más cada día.
Quiero que nuestros encuentros sean esporádicos para repasar sus gestos y sus palabras los días que no la veo, y que sus besos sean pocos y lentos, y que su belleza no me deslumbre tanto para que siempre quede un poco de ella cuando nos encontremos. No quiero el todo ni la perfección, porque después del todo no quedaría nada, y después de la perfección todo sería imperfecto. Tampoco quiero felicidades plenas, porque tanta felicidad opacaría los detalles que la forman, y esos detalles son los que pretendo coleccionar por muchos años.
Quiero guardar para siempre y para después de siempre los diminutos detalles y el azar que nos llevaron a esta situación, porque una mañana usted salió tarde y tomó el bus que no era, porque esa mañana yo estaba desocupado y me subí al primer bus que pasó, sin que me importara el destino, y en ese bus nos vimos y sólo quedaba un asiento para que usted se sentara a mi lado, y en ese bus comenzamos a hablar porque usted sacó un libro de Sábato y a mí se me ocurrió decirle Alejandra y usted, en efecto, se llamaba Alejandra. Quiero guardar para siempre la imagen de su mirada, brillante, tensa, sorprendida, y que ninguna otra mirada la borre.
Quiero guardar para mañana una parte de mis eternas contradicciones, porque quiero saber toda su vida hoy, sus rutinas, sus miedos y anhelos, la razón de sus elecciones y todas sus contradicciones, sus locuras y perversiones, pero también quiero no haberla conocido para poder encontrármela de nuevo, y quiero fascinarme por su belleza, pero también quiero que su belleza sea despaciosa para que nunca se agote. Quiero que esté conmigo cuando estemos juntos, que me hable y me escuche, pero también quiero que actúe como si yo no existiera para que sea usted, enteramente usted, sin poses ni diplomacia, sin temores por el que dirán, por el que diré. Sin prevenciones.
Quiero que cante y desafine para que todos los días tenga la ilusión de afinar un poco mejor, quiero que dude de todo lo que le dicen, de todo lo que le digo, para que usted descubra sus propias certezas y pelee por ellas. Le suplico que olvide los verbos perder y ganar, que dé todos los primeros pasos que quiera dar y se devuelva en el camino para que el camino sea el fin, y sobre todo, que esos pasos la traigan hasta acá.