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Fue un asunto de segundos, verá usted.
Un libro me llevó a una escena, y esa escena a una imagen, y entonces vi mi imagen con los pies descalzos y salí a la calle así, sólo para sentir el calor y el frío, el agua de los charcos, las piedras, la arena, alguna hilacha desperdigada que se enredaba entre mis tobillos. Vi que la gente me miraba y se apartaba y luego cuchicheaba, con algo de temor. Vi el miedo a lo distinto en sus ojos, porque lo distinto, por más inocente que sea, nos produce pánico ya, nos saca de nuestras costumbres, de las herencias de padres y curas y políticos y periodistas que dictaminaron el bien y el mal, de esas eternas comodidades en las que nos sentimos tan bien, y unos simples pies descalzos eran como una bomba para todos ellos.
La gente en los buses se asomaba y comentaba. Los niños me señalaban, a veces riéndose, a veces huyendo ellos también, educados en el mundo del temor a lo diferente, que es como decir, en el mundo de la uniformidad. Todos debemos ser similares, vestirnos a la moda, que es como vestirnos con el uniforme que unos señores de renombre diseñaron. Caminar de la misma forma, hablar con acentos y conceptos políticamente correctos, sonreír porque la patria sonríe y desfilar para hacer parte de esa perfecta masa que celebra con violencia una victoria, pero que no admite a alguien sin zapatos en su casa.
A las puertas de un supermercado, el celador de turno atravesó su brazo y me dijo “no señor, no puede seguir”. Le pregunté por qué. Me respondió que no podía entrar. Pero yo no estoy infringiendo ninguna ley, le dije. Por eso le digo que no puede entrar así, me contestó, subiendo el tono. Si quiere llamamos a la autoridad, me aclaró luego de un explosivo silencio. Quién puede tener autoridad para decidir si se puede caminar descalzo o no, le contesté antes de marcharme. El tipo masculló unas cuantas palabras, algo así como hippies de su madre. Yo me quedé prendado del por eso le digo, mientras otros tipos como él me prohibían la entrada a restaurantes, bancos y centros comerciales.
Por eso le digo, decían y dijeron. Por eso le digo, como una explicación sin explicación, como la eterna repetición de la frase que inmortalizó Felipe Aljure en La gente del Universal. Por eso le digo dice el presidente para no argumentar, y por eso le digo repite la señorita que por unos pesos, en una oficina con el pomposo nombre de atención al cliente, tiene que recibir todo tipo de insultos de quien pagó por un servicio de televisión, de internet, de celular o de lo que sea, y no le funciona. Por eso le digo dicen el ministro, el cajero de banco, el senador, el abogado, el empresario y el mensajero de un país que por obra y gracia de algunos asesores, terminó por desechar los argumentos y prefirió, simplemente, informar que esto o aquello o lo de más allá fue o no fue así, sin explicaciones.