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Y ahí estaban, a la vuelta de la esquina, acechantes, con sus fluorescentes chalecos y sus “hermosas motos policiales”, como cantaba Piero tantos años atrás.
Ahí estaban, libreta en mano, para castigar, para ejercer esa autoridad que, creen, les viene por usar un uniforme y tener una placa, para cumplir con esos requisitos mínimos de multas que les han impuesto desde arriba, falsos positivos del tránsito. Y ahí estaban, también, para quedarse con unos pesos de chantaje si la cosa salía bien. Cien mil para unos zapatos, doscientos para una buena parranda o un vestido, y en un día, un millón.
Ahí estaban para castigar, como adalides de una sociedad que eligió castigar en lugar de prevenir, y multar y prohibir en vez de educar. A fin de cuentas, educar nunca fue redituable, jamás multiplicó los votos. Todo lo contrario. Educar fue más bien amaestrar. Y amaestrar con el castigo, la imposición y el temor, fue la consigna. Amaestrar para que pensemos todos de forma similar. Amaestrar para que no cuestionemos. Amaestrar para que amemos nuestra patria, a nuestro dios, las leyes, las aristocracias y nuestras instituciones y a nuestros adalides del orden. Amaestrar, por ejemplo, para que nos indignemos porque un negro abraza a una princesa.
Ahí estaban, a la vuelta de la esquina, para detener a quienes hicieran un cruce que ellos determinaron que es prohibido porque la costumbre lo hizo prohibido. Sin señales, sin prevención, sin información. Los carros y las motos cruzaron y ellos los fueron deteniendo, y con gesto adusto fueron pidiendo papeles y exigiendo respeto a la autoridad, desde su desconocimiento del respeto hacia los ciudadanos. Entonces negociaron. O un comparendo para cumplir con la ley de cuotas mínimas de comparendos, o unos billetes envueltos en un sucio y podrido estrechón de manos. De una u otra manera, ellos eran, fueron y serán el castigo.
Eran, fueron y serán dos agentes más de eso que llaman orden, dos representantes del orden, que hoy, en la realidad nuestra de todos los días, no es más que castigo, y después, lucrarse. Represión para lucrarse. En su autoritaria defensa dirán que el orden es necesario, y en nuestra siempre inútil argumentación, diremos que el orden se consigue más con lógica, persuasión y libertad que con imposición y látigo, pero hablar de libertad, de persuasión, de educación, de consensuar y tolerar, es falta de respeto a la autoridad, ya lo sabemos, como sabemos muy bien que desde la autoridad, ellos, los que cruzaron indebidamente, y usted y yo, siempre vamos a perder.