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Si tuviéramos el valor de ir hacia atrás, de encontrar entre nuestros viejos juguetes aquel que nos deslumbró y empezó a marcarnos un camino. Si comprendiéramos que aquel antiquísimo juguete fue el que empezó a determinarnos, porque nos maravilló cuando era parte de un juego, y luego seguimos jugando con él, o sin él, pero por él.
Si fuéramos capaces de hallar una frase, esa frase que en una película nos dejó soñando. O una canción, esa canción que nos hizo volar. O un cuadro, ese cuadro que nos invitó a meternos en él, y ya ahí dentro nos mostró senderos y cuevas y lagos y montañas en los que vivíamos a solas. A solas y felices, felices y libres.
Si escudriñáramos en nuestro pasado. Si nos atreviéramos a indagar. Si entendiéramos que fueron pequeños, muy pequeños los detalles que nos marcaron, y muy pequeños los primeros pasos que dimos, y que esos detalles y esos pasos terminaron siendo kilómetros de senderos que caminamos. Si viéramos por un corto tiempo hacia atrás y nos olvidáramos de tanta meta por cumplir, de tanto triunfo por lograr, de tanto futuro por venir. Si desdeñáramos la voz, las voces de aquellos que nos abrumaron con metas y victorias, con títulos y competencias. Si quemáramos sus palabras, sus preceptos, sus verdades, e hiciéramos nuestro diccionario y nuestro propio sistema de valores.
Si calláramos, e inmersos en el silencio buscáramos nuestras fotos de niños y halláramos en ellas y en nuestras miradas de entonces los sueños que teníamos, las ilusiones que nos motivaban. Si devolviéramos la película, todas las películas, y rescatáramos a los niños que fuimos, ajenos a tantos números, a días laborales, al 8 a 5 y al 24-7, a cuentas corrientes, a dolores por amor y desamor, a ambiciones por tener y sumar y acumular, a las relaciones que tuvieron que volverse algo serio, a los tenemos que hablar, a los para dónde vamos, a los qué diría la gente el domingo en la misa si saben de ti, como cantaba Silvio Rodríguez, y a los tienes que ser alguien.
Si recordáramos que de niños todos éramos iguales, que jugábamos por jugar, no por imponernos, que éramos amigos del blanco y del negro y del verde por quienes eran, no por su color o por lo que tenían, y nos tomábamos tan en serio que éramos capaces de abrazarnos en medio del barro y el sudor. Si retrocediéramos. Si analizáramos que nuestra primera gran traición ocurrió mucho tiempo después, cuando nos traicionamos a nosotros mismos. A nosotros siendo niños. Si descompusiéramos nuestro hoy y nos diéramos cuenta de que somos un cúmulo de mentiras que nos impusieron y nos dejamos imponer. Si echáramos a correr aquel tiempo ido, aquel tiempo olvidado y pisoteado. Si rescatáramos lo que fuimos y rompiéramos lo que nos hicieron ser.