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Sí y no

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Hemos viajado del sí al no casi sin escalas, y hemos vuelto del no al sí sin tonos grises, sin medias tintas.

Les dijimos que sí a quienes ni siquiera nos preguntaron si queríamos esclavizarnos a un colegio y luego a una universidad, al trabajo, a la familia y etc., y sumisos, les respondimos lo que querían a aquellos que nos dispararon sus mandamientos, y con ellos, casi en coro, repetimos que no robaríamos, que no mataríamos, que no odiaríamos. Si alguna vez odiamos, ese odio lo disfrazamos con otras palabras: animadversión, molestia, enojo. Y si alguna vez quisimos o necesitamos robar, nos dimos la bendición y nos justificamos. Hemos brincado del sí al no y de vuelta, ignorando los matices, que, en últimas, son esa vida de todos los días, que deshacemos por andar en busca de Verdades.

Decimos que sí al amor para toda la vida, como si jamás fuéramos a dejar de amar. Y ese sí es la seguridad del amado que lo lleva a desperdiciar todos sus misterios y a arrojar a una caneca sus mejores intenciones para alargar un poco más ese amor. Decimos sí, y se mueren el misterio y las ganas. Decimos sí, y se marchitan los detalles. Decimos sí, y mandamos al diablo los momentos por coleccionar. Decimos sí, y le clavamos un NO en mayúsculas al descubrir, al ir descubriendo y descubrirnos. Decimos sí, y nos encaramamos en la seguridad que nos dan los absolutos y las certezas, sin cuestionar esos absolutos. Decimos sí a la fidelidad, sí a la lealtad, sí a la honestidad, sí a la solidaridad, sí al todos nos amamos, y ni siquiera nos preguntamos por qué nos exigen decir sí y por qué nos plegamos a esas exigencias.

Sí y no, esas son nuestras grandes afirmaciones, y por eso mismo, nuestras grandes mentiras. Disfrazamos de blanco y de negro aquello que está repleto de matices, y terminamos escondiéndonos por miedo detrás de esos síes y noes. Decimos que sí o que no porque no somos capaces de decir tal vez, porque no nos permitimos la duda, porque aspiramos a lo perfecto. Decimos que sí o que no porque, en últimas, sí y no son una respuesta, y queremos respuestas siempre, aunque no encontremos explicaciones.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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