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Los jornaleros terminaban sus noches con historias de fantasmas, de caballos sin cabeza que recorrían los caminos en las madrugadas y de hermosas mujeres envenenadas que mordían y mataban.
Ella temblaba cuando los oía y luego, mientras intentaba dormir, más allá de que las historias fueran siempre similares. Temblaba, pero jamás faltaba a sus corrillos, fogata en el medio, agua de panela y ron, dos perros, la noche oscura. La llamaban “blanca”, como a tantas otras blancas como ella, hijas de hacendados, de empresarios… de “blancos”. Le ofrecían ron en vasos de vidrio y le prestaban el único banco digno de ella.
Ellos tomaban a pico de botella, se sentaban en el suelo y espantaban con una varita las hormigas y los zancudos de la noche. Uno, Pablo Solís, remataba las veladas recordando que su padre había muerto en una casona del centro de Cartagena después de que se le apareció una mujer sin ropa y sin piel. “Fue la misma mujer que obligó a huir de Santo Domingo a varios vecinos del barrio por allá en los 50”, concluía. La blanca preguntaba si alguien la había visto de nuevo. Pablo y sus tres compañeros callaban, siempre acababan por callar y por santiguarse. “Vamos a dormir”, decía ella entonces, luego de un largo silencio. Se levantaba, le ofrecía su brazo a don Eulalio, el mayor de los jornaleros, un hombre de setenta y tantos que había criado a su madre, y se perdía con él entre los pasillos de su casa. Él la dejaba en la puerta de su habitación y regresaba.
Una noche, sin embargo, no regresó. Los jornaleros fueron a buscarlo dos horas después de haberse ido con la blanca y lo hallaron muerto a la salida de la casa, con una herida profunda en el cuello y los ojos abiertos, suplicantes. Después de tocarlo y auscultarlo, muy a su manera, salieron a buscar a la blanca, pero la blanca no estaba ni en la habitación ni en el resto de la casa ni en los alrededores. Su cama estaba tendida, impecable y blanca. Pasados tres días, y luego de que el “matarife” del pueblo más cercano dictaminara que don Eulalio había sido asesinado, denunciaron en un juzgado de Cartagena a la blanca por el crimen. Interrogados por un juez sobre móviles y procedimientos, Pablo Solís se limitó a responder que la blanca era la mujer sin ropa y sin piel.