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Sombra de sombras

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Será un día como hoy, más o menos igual de soleado, más o menos igual de tranquilo.

Miraré por la ventana, como tantas otras tardes, en busca de un nuevo carro, de un apartamento más grande, de una mujer soñada que dejará de serlo en un par de meses, o de un par de zapatos como los del señor aquel, pero de pronto no habrá ni carros ni edificios ni luces ni sol ni mujeres ni zapatos. Y pasarán los segundos, y los segundos se meterán dentro de los minutos, y los minutos se esconderán entre las horas. Entonces tendré que mirar hacia atrás para componer una especie de línea de vida en mi vida. Y buscaré.

Buscaré la primera mirada de la niña sin nombre que me enamoró, la única canica que gané en el patio del colegio, aquel libro de dibujos fantásticos, la canción que debía aprenderme para clases de guitarra, el nombre del perro que me acompañaba hasta la puerta de la escuela y el baúl de donde salió el disfraz de payaso que detestaba. Buscaré al hombre que me metía miedo con sus cuentos de caballos sin cabeza, a la mujer que me enseñó a bailar, al vecino que me invitaba a jugar con su gato y a ese gato, que se escapó una noche de viernes.

Buscaré, y sin embargo no podré recordar los detalles. No precisaré nombres ni fechas, y menos, sensaciones o sentimientos. Todo habrá sido una sombra, y una sombra de sombras. Mi pasado, lo comprenderé en ese momento, será una sucesión de fantasmas, porque en vez de detenerme en ellos y con ellos, en sus vidas y en la vida, preferí pensar en lo que vendría, en lo que tendría, en lo que debía hacer para cumplir con los cánones de la tradición y la decencia. Por eso, diré, tal vez, ningún minuto fue pleno, ningún momento fue pleno. Importaba el que vendría después, que era el inalcanzable futuro.

Si caminé sobre piedras, no las sentí por buscar un avión. Si nadé en un río, sólo fue por llegar a la otra orilla y subirme en un tren. Si canté bajo la lluvia, sólo fue por calentarme un rato y hacer más corto el camino que debía recorrer para meterme bajo una ducha de agua caliente. Si jugué, si bailé, si besé, fue para cumplir con los juegos, los bailes y los besos, que eran asignaturas por aprobar. Y si ayer encendí el último cigarrillo que me quedaba, sólo fue para imaginar lo que sentiría el día en que decidiera recordar lo verdaderamente esencial de mi vida, eso que son sombras y fantasmas.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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