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Transexual

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Supo con certeza que no era una niña cuando notó que sus amigas se transformaban y a ella, a él, le crecían vellos, pero para entonces ya se había acostumbrado a hablar y a pensar, a vestirse e incluso a sentir como niña.

 Jamás le dijeron que era un varón, tal vez porque al nacer, la partera que la recibió sufrió una especie de trombosis que le robó la memoria, y su madre estaba demasiado débil. Ella era niña, una niña más de su familia, la cuarta, dijeron los mayores. Lo decidieron, lo sentenciaron, lo archivaron. Ella, él, les creyó a los mayores, aunque nunca se sintiera bien con su estado.

Con los años, tendría 12 o 13, comenzó a correr por el campo y a saltar los obstáculos que se encontraba en su camino. Alguien la vio. Alguien se asombró y difundió la noticia de que en un paraje lejano de Alemania, en Reichshof, una niña corría y saltaba como ninguna otra. La voz llegó hasta los directivos del partido Nazi, que buscaban atletas alemanes para ganar las medallas más importantes de la Olimpíada que se disputaría en Berlín un año más tarde, durante el verano del 36. Dora Ratjen fue reclutada. Entrenó con el equipo de atletismo alemán, bajo la supervisión del estado mayor del ministerio del deporte, y compitió en la prueba de salto alto para mujeres.

Sin embargo, no obtuvo ninguna medalla. Quedó de cuarta. Apenas pudo superar la barrera de los 1,58 metros. Un año más tarde, en Viena, durante los juegos de Europa, quebró la marca mundial con 1,70 metros y se colgó la medalla de oro. De vuelta hacia Colonia, el inspector del tren en el que viajaba le pidió su documentación. Hubo un revuelto, una especie de trifulca, dijeron. El inspector remitió a Ratjen a una estación de las SS en Magdeburg. Allí la revisaron. Descubrieron que era hombre. Crisis, escándalo, dolor y miedo. Ratjen fue investigada y proscrita. El Comité Olímpico que la había promovido, la eliminó de sus anales. Tachó sus récords y sus triunfos. La borró, igual que los nazis.

Luego, y ya como Heinrichh Ratjen, fue soldado en la Segunda Guerra Mundial. Después nadie volvió a saber de él. Se recluyó para tratar de olvidar y para que lo olvidaran. Décadas más tarde, se hicieron películas y se escribieron cientos de líneas sobre su vida. Cinco años atrás murió en el más absoluto de los abandonos, como anónimo y como hombre.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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