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Un baile sin música

Fernando Araújo Vélez
18 de septiembre de 2014 – 07:50 p. m.

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“¿Y el son? Coincide con las luchas republicanas y su apogeo lo tiene en el tiempo que se derroca a Machado. Bien. Ahora le toca al mambo. Música muy penetrada por la influencia yanqui, dicho sea de paso. ¿Por el jazz? De acuerdo. Es lo mismo. Tú lo dices de una manera. Yo de otra. ¿Bien? El mambo corresponde exactamente con el tiempo de relajo, robo y peculado de Grau y Prío. Llegamos al chachachá”.

Un texto de Guillermo Cabrera Infante y el chachachá (Delito por bailar el chachachá). Boleros, salda, recuerdos de Thomas Mann. Andrés Caicedo. César Miguel Rondón y sus crónicas sobre la salsa del Caribe urbano, “Se me olvidó que te olvidé, se me olvidó que te dejé, lejos muy lejos de mi vida”. Guaguancó. Era miércoles, y era bien de noche en Calarcá. La sala era una amalgama de ritmos, voces, reminiscencias, literatura y música. La sala de la Casa de la Cultura (durante el VII Encuentro de Escritores Luis Vidales) era una fiesta de silencios compartidos y de dos voces que iban y volvían tocando viejas teclas, viejas palabras, viejos autores y viejas canciones.

Gabriela Alemán y Mario Jursich contaron y cantaron, de alguna forma, la música que los inspiró, que les dio un revolcón en la vida, y de los libros que los llevaron a buscar esos revolcones, que también fueron cuchilladas. Ella, Gabriela Alemán, relataba que Daniel Santos se había tragado Guayaquil una noche, treinta y tantos años atrás, en un concierto que la hizo pensar en antes y después. “Vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra…”, “En el juego de la vida…”, cantó Santos. Luego, muy luego, en los 80, un escritor, Luis Rafael Sánchez, recogió sus pasos, su voz, sus miles de mujeres, las ciudades que se tragó, y lo inmortalizó todo en un libro, La importancia de llamarse Daniel Santos.

Jursich se prendió y se prendó de Andrés Caicedo y volvió a sintonizar Que viva la música. “Uno es una trayectoria que erra tratando de recoger las migajas de lo que un día fueron nuestras fuerzas, dejadas por allí de la manera más vil, quién sabe en dónde, o recomendadas (y nunca volver por ellas) a quien no merecía tenerlas. La música es la labor de un espíritu generoso que (con esfuerzo o no) reúne nuestras fuerzas primitivas y nos las ofrece, no para que las recobremos: para dejarnos constancia de que allí todavía andan, las pobrecitas, y que yo les hago falta. Yo soy la fragmentación. La música es cada uno de esos pedacitos que antes tuve en mí y los fui desprendiendo al azar. Yo estoy ante una cosa y pienso en miles. La música es la solución a lo que yo no enfrento, mientras pierdo el tiempo mirando la cosa: un libro (en los que ya no puedo avanzar dos páginas), el sesgo de una falda, de una reja. La música es también, recobrado, el tiempo que yo pierdo”.

Antes, los dos habían coincidido en la musicalidad literaria de Thomas Mann, por Doctor Faustus y por Muerte en Venecia. Y los dos habían desandado sus pasos por la música, por los vinilos, por aquella búsqueda detectivesca de canciones y discos en tiempos en los que no existía internet. Los dos habían bailado sin música.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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