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Una medalla por servicios a la patria

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Se buscan héroes. Usted es el héroe que necesitamos. Los carteles estaban pegados por todo el pueblo y por todos los pueblos y ciudades del país.

El gobierno de Laureano Gómez había decidido ir a pelear, matar y morir en una guerra muy lejana entre naciones muy lejanas, a cambio de algún tratado que nunca divulgó. Fundamentalmente, pretendía aniquilar el comunismo dentro de la lucha de odios que Estados Unidos generó contra el comunismo y contra cualquiera sospechoso de comunismo. Requería de gente, de mucha gente que ofreciera la vida en nombre de una patria que en realidad, lo comprendieron algunos sobrevivientes muchos años más tarde, era la patria de unos pocos que la explotaban y la explotaron, la utilizaban, la vendían y la promovían como necesaria, amada, urgente y defendible, pues así habría héroes que defenderían sus intereses.

Jesús vio los carteles. Averiguó de qué se trataban, y le informaron que era para ir a la guerra de Corea. Y todos repetían la misma cantinela, para ir a la guerra de Corea, sin entender qué guerra, qué Corea, por qué una guerra y por qué Corea. Firmó una carta en la que aceptaba mil condiciones que ni siquiera leyó, y un viernes a las cuatro de la mañana salió de su casa con una bolsa de ropa y un machete que le robó a su padrastro, el mismo machete con el que su madre, en un ataque de ira, le había cortado tres dedos unos meses antes por haberse quedado con las vueltas de un mandado. Antes de marcharse, despertó a sus dos hermanas y les dijo que se iba a la guerra. Entre lágrimas y abrazos, les explicó que prefería morir a seguir viviendo muerto en aquella casa, porque despertarse en aquel régimen de terror, golpes, vejaciones y humillaciones era morir un poco cada día, o peor que morir, y se fue. Huyó, cantando bajito “Vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra”.

En Corea peleó aquella guerra que no entendía. Se fue dispuesto a morir y a ver morir para sobrevivir. Y vio la muerte y el hambre y el horror y el miedo y no mató a cambio de un pan, y mató a cambio de otro pan. La vida y la muerte se reducían a comer. El bien y el mal eran sobrevivir o no sobrevivir. Duró casi tres años, entre cadáveres y vivos muertos. Sus hermanas lo dieron por muerto. Su madre y su padrastro lo borraron de su memoria. Regresó como un fantasma, con otro rostro y otro nombre y una medalla por servicios a la patria.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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