Una mujer así

Fernando Araújo Vélez
28 de septiembre de 2018 – 11:49 p. m.

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Una mujer así, que solía decir “yo ni colaboro ni me rindo” cuando la tendían sobre una camilla y la torturaban con golpes, pinchazos y picana para que diera nombres, direcciones y teléfonos. Una mujer así, que vivió por una causa y la hizo suya, y se desvivió por los pobres y los oprimidos, por los eternamente humillados, y dio la vida por ellos y por la posibilidad de un futuro un poco más justo. Era callada. Dicen que dulce y profunda. Delgada. Tenía los ojos oscuros, grandes. Observaba. Desde niña se había dedicado a observar lo que ocurría, a tratar de entender la vida y sus diferencias. Todo empezó a aclarársele cuando leyó a Carlos Marx, poco antes de cumplir 20 años. Con Marx comprendió que había explotados, cientos de miles de explotados, y unos cuantos explotadores. Con Marx entendió que la felicidad era luchar, y desde entonces no dejó de luchar. Abandonó su gente, su familia, su tierra, Chacabuco, y partió hacia Buenos Aires porque desde allí iba a cambiar el mundo.

Fue profesora. Enseñó a Marx. Se enamoró. Se casó. Entre sus días, años con Rubén Ricardo Roitvan, y su observar y aprehender, se dio al amor a la manera de los revolucionarios, sin más compromiso que las ideas y la lucha, sin más reclamos que por indisciplina. Tomó. Dio. A los veintitantos, cuando su compromiso por los otros se volvió total, se divorció. Se enamoró otra vez de un hombre, que era hombre y a la vez compromiso y lucha y revolución y lealtad, de nombre Fernando Aval. Él, ella y dos compañeros más fundaron un movimiento armado urbano peronista al que llamaron Montoneros. Ella había sido antiperonista y atea, pero aunque no creyera en Dios ni en Perón, de ahí podría surgir el gran cambio de aquella Argentina de los años 60. En junio del 70, su nombre, Norma Arrostito, su alias, Gaby, su imagen y la de sus compañeros aparecieron en millones de carteles pegados por todo el país. Como en el viejo Oeste, abajo decía “Se buscan”, y más abajo se los señalaba de haber sido los autores del asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu.

Ellos lo llamaron “ejecución revolucionaria”, y justificaron su proceder con los miles de fusilamientos que había ordenado Aramburu contra quien fuera o dijera ser peronista en los 50, y con la desaparición del cadáver de “la compañera Evita”. Ella escribiría después que la tarde del secuestro se había puesto una peluca rubia y había vigilado la zona. En el 73 fue amnistiada y volvió a sus clases. Un año más tarde, Perón insultó a los Montoneros en la plaza de Mayo, y ella y su gente dieron la orden de que se retiraran y volvieran a la clandestinidad. Durante dos años, cambió de casa cada tres o cuatro días, instruyó a los nuevos militantes, organizó golpes y convenció de la necesidad de seguir en la lucha a quienes habían empezado a quebrarse. A finales del 76, el ejército informó que la había asesinado. Los principales diarios del país publicaron la noticia a ocho columnas en sus primeras planas, con adjetivos que anunciaban la llegada de un nuevo y maravilloso país, pero todo fue un montaje. En realidad, la habían capturarodo. La llevaron a la Escuela de Mecánica de la Armada. La torturaron. La mostraron como un trofeo. Intentaron doblegarla. Ella dijo una y mil veces: “Yo ni colaboro ni me rindo”, porque sólo una mujer así, una de esas mujeres que fueron desapareciendo, podía enfrentarse a los represores, gritarles que no iba a colaborar con ellos, que no iba a delatar a sus compañeros, y aclararles que jamás se iba a rendir.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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